De trasgresiones y otros viajes


Cuento / Lunes, abril 16th, 2018

El pan que saldrá del horno

Virginia Constantino y Patricia Síntora fueron amigas toda su vida. Formaban parte de la minúscula y plácida sociedad de San Crisanto Teozintla, un pueblo chico que se encuentra a cuatro horas de la ciudad de Guadalajara —seis horas en temporada de secas y a un día y medio en época de lluvias, pues la laguna crece y cubre los caminos—. Los propietarios de ranchos vecinos suelen tener una casa ahí para dar a su familia una vida más social, pues el pueblo cuenta con parroquia, quiosco, nevería, escuela y funeraria. Casi todos son parientes y consideran tener por eso obligación de hacer colectivo cualquier asunto. Vicky y Paty fueron las muchachas bonitas que el pueblo elige en cada generación para apreciar y comparar con las protagonistas de las películas de moda. La cercanía entre sus familias ya era legendaria pero se estrechó cuando ambas madres dieron a luz con apenas semanas de diferencia. Al mes y medio no se podía decir cuál niña era la más bonita; tampoco cuál había tenido la mejor fiesta de bautizo o el padrino más espléndido. Al mismo tiempo, ambas familias se encumbraron con un auge maderero y textil. En adelante, las ceremonias de las niñas se realizaron en alianza, y los jefes de familia lograron convocar reuniones políticas discretas y exitosas. Entre primeras comuniones, confirmaciones y quince años, en San Crisanto se llegaron a congregar dos gobernadores sucesivos y un grupo de seis ex o futuros gobernadores del estado más sus respectivas comitivas. Nunca, ni antes ni después, hubo tal expectativa alrededor de un matrimonio como la que rodeó los de Virgina y Patricia.

Así crecieron Paty y Vicky, Patito y Vicos, Vica y Pata, como se llamaban a sí mismas según la ocasión. La amistad entre ellas fue una condición natural a la que se adaptaron mejor que si se hubiesen encontrado en circunstancias fortuitas. Era difícil no verlas juntas en los recreos, contándose cosas al oído, mirando al mismo sitio hasta que una volteaba y llamaba la atención hacia otro. Eso las mantenía a distancia de niñas menos vigiladas pero mejor informadas en asuntos que las amigas ni siquiera imaginaban. La sólida formación del colegio de monjas las preservó de cualquier alusión sexual. Si alguna alumna llegaba a compartir lecciones aprendidas en el trato con primos y hermanos mayores o maldades descubiertas en conversaciones de sirvientas, las amigas se apartaban con desdén y acusaban a la maliciosa, con la serenidad de quien hace lo correcto y goza del respaldo del mundo entero. Llegada la hora, aceptaron con dignidad que la menstruación era una enfermedad chiquita, una cuota por ser señoritas. Aunque creyeron en la cigüeña hasta los doce años, no las impactó saber que los hijos los concebía una mujer cuando ella y su esposo se querían mucho —pues sí, determinaron después de conferenciar a solas, siempre salen cabello y uñas, ronchas y hasta dientes, ¿por qué no un niño?

En la tranquilidad de que dejaba a su hija pura e inocente al cuidado de una segunda familia que velaría por ella como si fuera propia, la madre de Patricia murió; en medio de la pena, nadie dejó de admirar lo bellas y maduras que se veían las dos amigas, vestidas de traje negro con cuello y puños blancos, tomadas de las manos. Se decía, además, que Virginia era la más bonita de cara; mientras que Patricia estaba mejor acuerpada. Vicky era muy delgada y se veía más elegante; Paty tenía la nariz un poco chata y algunas pecas, pero su ir y venir dejaba a todos los hombres con malos pensamientos. A ellas no les importaba más que parecerse entre sí, saber qué sería de ellas pero ser amigas siempre.

Vírgenes y con casi diecisiete años llegaron a su compromiso matrimonial con jóvenes jalisciences cuidadosamente elegidos y estratégicamente colocados en las fiestas adecuadas. Planear su boda, o más bien, dejarse llevar por la ola de obligaciones que los demás les indicaron fue una labor tan amable como conocer a sus novios, aceptar sus regalos y acostumbrarse al humo de sus cigarros. Con impaciencia, los prometidos notaron que no había tema de conversación sin un “las-dos”. El novio respectivo hizo notar a la respectiva novia las diferencias que las separarían de ahí en adelante, la necesidad de distanciarse a fin de involucrarse con el círculo familiar del que formarían parte. Hasta entonces, Virgina descubrió que los demás consideraban el carácter de Patricia un tanto más rebelde y desenfadado que el suyo; Paty, a su vez, se enteró de que la gente suponía que esa rebeldía era solapada por el carácter dócil de Viky. Ninguna estuvo de acuerdo con las etiquetas que les habían colgado: tanto así se conocían. Lo cierto es que uno y otro novio —Agustín y Jesús— concedieron que la amistad no terminara de la noche a la mañana, y cedieron sendos permisos para que disfrutaran juntas sus últimos días de solteras, entretenidas en las bodas, las que, por insistencia de las amigas, se celebrarían con dos semanas de diferencia.

La mamá de Vicky, doña Susana Montenegro de Constantino, las llevó a comprar sus vestidos de novia a la ciudad de México y a cumplir la primera tarea que les encomendaron sus futuros esposos: comprarles cigarros Luckies. El viaje les pareció agotador, el camino las envolvía en nubes de polvo y el calor era sofocante. La señora tenía que recurrir a desmesurados elogios de la capital para que la ilusión las animara a soportar la travesía en un automóvil que a duras penas llegaba a una gasolinera para detenerse dos horas antes de ponerse en marcha de nuevo. Tal vez los elogios condicionaron el encuentro; tal vez fue que en esa temporada el clima era espléndido; lo cierto es que la ciudad les pareció encantadora. Recorrieron con su risa fresca los almacenes, los hoteles y los restaurantes de las calles del centro. Vicky llevaba una cola de caballo atada con un moñito negro, Paty traía el mismo peinado pero con una flor roja. Ambas compraron, además de su vestido blanco y las joyas que lucirían en la boda, todos los vestidos, crinolinas, revistas y cosméticos de que pudieron abastecerse. Con sus años, sus ojos brillantes y su ingenua sensualidad de muchachas casaderas, los caballeros las miraban satisfechos y alguno les lanzó piropos soeces que ellas no entendieron. Doña Susana experimentaba un sentimiento de inquietud ante los comentarios de las amigas, murmurados en voz baja en el salón de belleza.

—No sé, no entendí —alcanzó a oír a su hija—; pero por como me vio y se agachó para taparse la boca cuando dijo eso, me dio asco, ¿a ti no?

—Ni lo vi —contestó Paty dándole un codazo suave a su amiga—, pero ¿te fijaste en el señor del traje aquél que nos cedió el paso? No estaba feo… ¿o sí?

—Pues ése también tenía la mirada pesada. Tú por unos ojos bonitos pierdes la cabeza. Por eso Dios te castigó con un “ojos de pipizca” —y mientras hablaban y reían se miraban al espejo y, por primera vez, notaban las diferencias y los decididos contrastes entre sus cuerpos y rostros.

Mientras, doña Susana fingía no escuchar aunque en realidad veía acercarse uno de los momentos más difíciles de su vida, revelar a su hija y ahijada los secretos celosamente resguardados durante casi diecisiete años. Ya en la terraza del hotel les habló de que los hombres…

—Pues se casan con una para darle su lugar, para que lleven su casa, para ser las madres de sus hijos y, pues, a cambio de tanta atención, pues… Ellos tienen sus deseos, no como nosotras, ellos tienen su virilidad. Así que, en la noche de bodas… —tragó saliva— ¿cómo les diré…?

El secreto se revelaba; ellas ya tenían ciertos indicios que no alcanzaban a delinear del todo. Casi contuvieron la respiración hasta que doña Susana continuó:

—Me hacen que me ponga toda colorada… Ustedes se van a acostar, van a cerrar los ojos, ellos van a hacer sus cosas. Recen la oración que les enseñé anoche, es muy buena para que no dure mucho.

—No sea así, madrina, ¿qué cosas?

—Perdone, mamacita, pero ¿cómo se le ocurre no decirnos nada hasta ahorita?

El sencillo proceso del acto sexual las pasmó, al ser descrito con sus detalles indiscretos, aun los esenciales.

—Ah, pero cuando ya estén de encargo se calmarán un rato —concluyó doña Susana—. Y piensen en los niños, que son una bendición.

Esperaron hasta que la señora se quedara dormida para compartir puntos de vista. La opción de renunciar al compromiso y entrar al convento ya era imposible. Paty se puso furiosa al recordar los ruidos que escuchaba de niña en los cuartos de las sirvientas, cuando su papá, aun antes de enviudar, se desaparecía por horas.

—Con razón cuando Agustín se me acercó el día de mi cumpleaños sentí algo raro y él se quitó así como nervioso —le dijo Virginia a su amiga cuando ya estaban menos angustiadas.

—Pero entonces, ¿no pasa nada más en la noche? —preguntó Paty. Y sin saber del todo por qué, se echaron a reír.

La preocupación les duró hasta el día de su boda. Hasta que las dos volvieron del viaje de bodas no pudieron contarse que nunca habían sentido tanto dolor en su vida ni tanta vergüenza. A Vicky le fue peor: su marido lo hizo todas las noches; la oración le sirvió sólo las últimas dos. Para colmo, su suegra notó que se ponía nerviosa a medida que anochecía y le dijo que pronto hasta le iba a gustar; ella deseó que un pozo se abriera y se tragara a esa mujer con todo y su hijo. El esposo de Patricia, por lo menos, dejó pasar dos noches, y cuando consumó el matrimonio le compró un juego de collar y aretes.

No se vieron en los siguientes meses, apenas coincidieron en meriendas de la iglesia. Se miraron embarazadas y al llegar a sus casas se soltaron a llorar. Patricia sufrió un aborto y Virginia tuvo un varón con el cabello castaño claro como el suyo. Al año y medio de su casamiento, Patricia dio a luz a un bebé con la piel morena de su marido. Seguirían otros dos embarazos, uno para cada una, y más temporadas de reposos obligatorios y deprimentes. Otro parto de riesgo y las lágrimas de Patricia conmovieron a Jesús para que la dejara restablecer su amistad con su amiga de la infancia; Virginia, a su vez, se acercó a la familia política de Paty para que aprobaran la continuidad de su relación. Pasaron días enteros hablando, llegaron a fatigarse de sus largas conversaciones, a fastidiarse incluso, pero a la jornada siguiente el té ya no sabía igual sin su mutua compañía. Durante meses prepararon el terreno para conseguir permiso de viajar a la capital. En adelante regresaron cada dos años a hacer las mismas actividades: comprar trajes, medias, revistas de labores, cosméticos, telas… Sus maridos nunca las acompañaron y sus suegras nunca les dejaron llevar a sus hijos; en realidad, entre las abuelas, niñeras, tías solteras y sirvientas, ellas podían pasar semanas sin saber de niños. Juntas, pues, conocieron los momentos más felices de sus vidas.

De pronto, estaban a punto de cumplir veintisiete años. Para sus maridos ya eran señoras respetables, para sus padres seguían siendo las muchachas, para sus hijos no había mucha diferencia entre sus madres y el pequeño ejército de mujeres que los atendía. Vicky aún rezaba, de vez en cuando, la oración que doña Susana les había enseñado; nunca alcanzaba a terminarla. Cuando Patricia supo de la infidelidad de Agustín, dudó en decírselo a su amiga, y se arrepintió de haberlo hecho al notar su palidez.

—¿Te molesta el cigarro? —preguntó Virginia, por fin.

—¿Sabes fumar? —dijo Patricia, sorprendida— No te preocupes, Jesús fuma tanto como su tía Rosenda; no van a notar que huelo a tabaco. Es más, dame uno… ¿cómo le hago?

—Aspira y toma agua, saca el aire… ¿Y el hijo es de él?

Patricia tosió y carraspeó antes de contestar.

—Dicen que sí, pero parece muy mayorcito. Tendría que haberlo tenido antes de casarse.

—Puede ser. Salió a su padre. Agustín tiene dos hermanos mayores ilegítimos.

—¿Qué vas a hacer?

Los ojos de Vicky se llenaron de lágrimas, soltó un bufido y dijo con un hilo de voz:

—No sé, Paty… voy a hablar con mi mamá—y siguió llorando en silencio.

Así comenzaron a fumar. Doña Susana se mostró muy molesta por la indiscreción de Patricia. Nunca volvió a dirigirse a ella como antes. Virginia llevó más dinero que otras veces a la capital. “Ojalá Jesús tuviera una casa chica y yo tuviera a mi mamá”, pensaba Patricia mientras miraba a su amiga comprar sin atender precios; pero ella sólo tenía el amor asfixiante de su marido, quien en la alcoba la ahogaba de abrazos pesados y requerimientos, para tratarla con absoluta frialdad apenas amanecía.

Para la siguiente ocasión, México tenía un aire distinto, se creía capital del mundo. Grupos de turistas peregrinaban en pantalones cortos hacia Palacio Nacional. Los almacenes tenían vestidos, bolsas y perfumes que parecían sacados de un sueño —o de una pesadilla, pero daba igual—, y toda la gente lucía entusiasmada por las calles. Las amigas se encontraban en la segunda tienda del recorrido, cuando una voz anunció que por un problema de tráfico se suplicaba a los clientes que permanecieran en la tienda, y que las puertas quedaban aseguradas para no dejar salir a nadie. Se rogaba no insistir y ofrecían una disculpa por aquel incidente. “Todo fuera como eso”, comentaron. “Por mí, que me dejen encerrada toda la noche”, bromeó Patricia sin atender a los murmullos de malestar e incertidumbre a su alrededor. Continuaron probándose vestidos hasta que las sacaron, en grupos de diez personas, por una puerta trasera, con cuidado de no llamar la atención. Un chofer que traían desde la casa del padre de Patricia ya las esperaba. “Espérenme aquí, voy a ver si puedo traer el carro”. Ellas supusieron que había ocurrido un incendio. Escuchaban voces a lo lejos; tres jóvenes pasaron frente a ellas, corriendo en direcciones distintas, más aterrados que las mismas señoras. Dos uniformados las aventaron al perseguir a esos mismos jóvenes. Ahora verdaderamente asustadas, se tomaron de la mano para llegar al auto que ya se asomaba lentamente por la esquina.

A unos pasos del auto un jovencito frenó su carrera para abalanzarse sobre ellas y suplicarles: “Por favor, señoritas, por favor, digan que vengo con ustedes, si no me lleva la policía, señoritas. Les juro… no hice nada… Los granaderos… mis amigos”; jadeaba, y unos faros hicieron brillar sus ojos inmensos. Virginia enmudeció. Paty no dudó un instante. Aventó sus cajas para que las sostuviera, hizo lo mismo con las de Vicky y se sujetó del brazo del joven mientras les ordenaba que se callaran y subieran al auto. Justo frente a la portezuela, una especie de policía las detuvo; preguntó qué hacían ahí. Patricia le contestó de mala manera:

—A nosotros no nos metan en sus argüendes. Somos de Jalisco y apenas salimos del almacén porque, aquí, ustedes no saben poner orden. ¡Ya déjenos ir, mire la hora que es!

—Primero se identifican, señoras —contestó el policía—; y tú, ¿por qué tan nerviosito, greñudo?

—Usted lo que debería hacer es aprender a la policía de Jalisco. Allá de inmediato se reconoce a la gente decente —dijo Patricia en tanto ambas abrían sus bolsas frente al hombre—. Mire, éstos son los documentos de nuestros esposos. Éste es mi sobrino Fidencio del Álamo.

Mostraron la nota que estaba escrita al reverso, donde los funcionarios estipulaban que se hacían responsables de sus mujeres. El chofer, que no entendía nada pero tampoco iba a contrariar a su patrona, mostró su licencia de manejar, con una mirada hosca de quien no se amedrenta ante autoridades ajenas.

—A ver, el joven —todavía insistió el de uniforme.

—Pero éste qué papeles va a tener, si es un niño. Me lo traje porque cuando venimos a la ciudad cargamos mucho.

—Mírelo cómo está sudando de tanto que estuvo cargando allá adentro —Vicky por fin había logrado articular palabra.

Los paquetes de las señoras, el chofer inexpresivo con sombrero de paja, la mirada de susto del joven, que tuviera ese nombre ridículo de Fidencio y el barullo a lo lejos, hicieron que el hombre los dejara ir; y se dio vuelta murmurando improperios.

Por fin, el carro arrancó. Todos guardaron silencio hasta llegar al hotel. Las amigas invitaron al joven a su habitación, pidieron al servicio cocacolas para el susto; lo obligaron a recostarse en la cama; parecía un bebé —se justificaron cuando tomaron conciencia de su comportamiento—; era tan guapo y dócil que casi no se atrevían a pedir explicaciones acerca de lo que acababan de presenciar, quiénes perseguían y quiénes eran los perseguidos. El joven les habló del movimiento, de París, del momento político… Notó que no entendían nada. Decidió contarles de los muchos jóvenes que estudiaban y pretendían una sociedad mejor para los obreros y campesinos, de las burlas que hacían a la policía y el ejército —al principio ellas se escandalizaron, pero terminaron por reír abiertamente—, de las marchas y de las canciones en los mítines. Ante el juvenil entusiasmo, las amigas tomaron partido sin condiciones por la causa de los estudiantes. Él, a cambio, les agradeció besando sus manos y, cuando escuchó sobre ellas dijo no poder creer que tuvieran hijos de tan bonitas y jóvenes que eran. Ya muy tarde, se despidió. Patricia retuvo su mano durante unos segundos ante la mirada asombrada de su amiga y, tal vez para no ser menos, Virginia rozó el codo del joven para conducirlo a la puerta. Esa noche ninguna pudo dormir, pero no lo mencionaron en la mañana.

Mientras preparaban sus maletas para regresar a casa, les llamaron de la administración del hotel. Su sobrino estaba ahí, que si le daban permiso de subir. Patricia miraba fijamente a su amiga cuando dijo “Que pase”. Abrió y esperó al jovencito que se abrazó a ellas llorando, como el niño que nunca volvería a ser. En medio del llanto habló de disparos, de zapatos regados por el piso, gente metiéndose a las coladeras, cuerpos… Él sólo corrió y corrió como un animal; cuando se dio cuenta, ya estaba en camino hacia su hotel. Pasaban las horas y él no podía salir: había calles bloqueadas, las sirenas no se callaban, el personal del hotel llamaba a su habitación e insistía para preguntar si el joven era en verdad su pariente. Las mujeres notaban que los huéspedes recibían recomendaciones para no moverse del hotel, menos ellas, a quienes confirmaron su salida en cuanto amaneció.

Las amigas discutieron toda la noche en voz baja; no comprendían bien la razón del miedo que les ahogaba la voz. La oscuridad se desvanecía rápidamente; lo más seguro era que las cosas empeorarían en cuanto amaneciera; y si estaban como el joven decía, aquello apenas empezaba. Decidieron llevárselo consigo y resguardarlo de todo peligro hasta entregarlo sano y salvo a sus padres. Tías y sobrino salieron al amanecer. Lo instalaron en un hotel, en un poblado cercano al suyo. “Dios que lo ayude”, dijeron para el chofer —todo el dinero que les quedaba fue para él—; pero después tomaron un taxi; fingieron una conversación sobre la infidelidad marital. Obligaron al chofer a marcharse después de dejarlas en el mismo hotel. El muchacho las esperaba y lo trasladaron a un jacal abandonado en los terrenos del abuelo materno de Patricia; el muchachito se tiró al catre y se durmió en seguida; las amigas nunca sintieron tanta ternura por alguien.

Aun instalado, no se atrevían a dejarlo solo, ¿y si los habían venido siguiendo? Además, no había querido comer de la angustia; les contaba que tenía pesadillas, que sus propios gritos lo despertaban. Las amigas decidieron turnarse para ir a verlo, una a la vez, cada tercer día. Quién sabe cómo empezaron o quién empezó primero, pero a las pocas semanas, Joaquín —ése era su verdadero nombre— era amante de las dos. El mar de compasión ahogó cualquier remordimiento; la pasión lo hizo después.

Incapaces de hablar abiertamente del asunto, pero sin rivalidades, sustituyeron la confrontación o cualquier mención de su complicidad con un entramado de artilugios para simular que salían juntas y que se hacían cargo la una de la otra. Primero fueron enfermedades y visitas a santuarios; luego organizaron recorridos por la carretera para comprar flores, y aparecieron también los mercados de cerámica. Sus respectivos hogares nunca tuvieron tanta variedad de flores frescas y vajillas artesanales. Patricia tuvo que aprender a manejar como Dios le daba a entender. Una paseaba por los puestos, hablaba en voz alta de su amiga que estaba en el baño o que había llevado parte de las compras al auto. Otra fingía lástima por la tontera de su amiga que de nuevo había confundido el lugar de reunión. Invariablemente, una de las dos desfallecía de placer en la cama de Joaquín, y sonreía imaginando entre abrazos la pequeña pieza teatral que se desarrollaba en ese preciso momento. Un rato después, se encontraban y volvían juntas a sus casas. En el camino sólo hablaban de las novedades del mercado; nunca del amante.

Joaquín se enamoró de sus amigas con las limitaciones de quien ha leído a Marx y a Sartre, daría la vida por una ideología, y, para colmo, debe ir de un cuerpo a otro después de una virginidad más o menos prolongada. Pero intuía parte del tejido de necesidades, deseos y experiencias que las conducía hacia él, instinto maternal, osadía infantil, remordimiento, complicidad, y sobre todo, muchísimo qué decir. Virginia hablaba en voz baja, sólo cuando Joaquín dormitaba o fingía hacerlo; Patricia, en cambio, no lo dejaba cerrar los ojos, sus conversaciones saltaban de un tema a otro y exigía su punto de vista. Las amigas se deslizaban sobre una nube, una nube que tenía paredes y cimientos, cubierta de detalles: espejos, sábanas, costureros, cartas, fotografías, objetos atesorados por años en baúles para mantener intacto su perfume. Añadieron algunos libros que consiguieron para Joaquín, los cuales él agradecía leyéndoles alguna página. Evitaba repetir la página a una o a otra, para complementar poemas e historias entre las dos.

Pero el joven debía marcharse. Con la primavera, la gente salía más, aumentaba el riesgo de ser descubiertos. Joaquín llevaba casi seis meses bajo su cuidado. Las amigas nunca olvidaron que su propósito era ponerlo a salvo, devolverlo a su hogar una vez fuera de peligro. Joaquín se fue. Nadie lloró en la despedida, ellas lo besaron en la frente y le dieron la bendición. Recogieron todo. Se fumaron un cigarro, justo cuando el marido de Patricia las sorprendió. Él supuso que sus continuas visitas y desapariciones eran para fumar a escondidas. Le hizo llegar una queja al esposo de Virginia.

La falta que les achacaron los maridos tuvo ciertas repercusiones; sus visitas frecuentes se tornaron esporádicas y, desde luego, los viajes solas se suspendieron. Ninguna protestó; una especie de luto les impedía, de cualquier manera, volver a la ciudad de México. Pasaron más de dos años, mientras ellas se acercaban a los treinta y ya no tenían nada por hacer: sus hijos estudiaban en colegios de la capital del estado, las vecinas y suegras resultaban insoportables. Dedicaron sus breves momentos juntas a labores de caridad: visitaban asilos y orfanatos. El castigo les fue retirado poco a poco. Sus maridos, políticos ya ligeramente empolvados, con pocas expectativas de alcanzar los puestos que se les auguraba de jóvenes, se endurecían paulatinamente. Casi al mismo tiempo llevaron a sus respectivos hogares noticias recién salidas de las reuniones del partido: en la capital se desataba otra revuelta estudiantil.

Las amigas se pusieron en guardia. Si sus maridos calificaban un acontecimiento de “tontería”, no era grave, pero si, en cambio, el diagnóstico era “pendejada”, entonces había de qué preocuparse, como en aquella ocasión. Las amigas desearon que Joaquín estuviera bien; llevaron veladoras a la iglesia y rezaron para que su ángel guardián no lo desamparara. No era suficiente. Una mañana, Patricia llegó a casa de su amiga, muy alarmada. “Soñé que Joaquín estaba herido y que nos llamaba para que lo socorriéramos, como la otra vez… La angustia me está matando. Por favor, vámonos para allá, hay que tratar de encontrarlo”. La resistencia de Vicky fue casi nula. También ella, con sólo cerrar los ojos, veía los de Joaquín, suplicantes y aterrados. Se marcharon con el pretexto de siempre; esta vez sin chofer, en parte porque ya nadie se preocupaba por ellas.

Desde luego, no hallaron a Joaquín, a pesar de sus largas caminatas y sus arriesgados retos al destino. Su participación en el movimiento, en esa ocasión, tuvo que ser directa: los manifestantes empezaban a sospechar de sus miradas ansiosas hacia todos los jóvenes. Entonces se dirigieron hacia el Comité de Madres de Desaparecidos, una organización cuyas siglas se disolvieron en la mente de las amigas. De pronto, se descubrieron dentro de una “célula”, con la misión de proteger a los líderes que corrían peligro y necesitaban esconderse por una temporada. El primero en esa situación era el camarada Rubén, un muchacho mayor que Joaquín, alto, de piel morena y músculos tensos como ligas, cabello lacio, grueso y negrísimo, de gafas verdosas que cubrían sus ojos penetrantes y suspicaces; todo lo contrario a Joaquín. La célula ocultó, con cierta burla, que en realidad buscaban deshacerse de uno de sus miembros más conflictivos y radicales. Nadie quiso saber la dirección exacta donde permanecería el camarada; argumentaron que era mejor que se mantuviera en secreto a fin de evitar que tal información fuera revelada en momentos de debilidad; de cualquier manera, Úrsulo —su nombre clave— sabría en qué momento se le requeriría y entonces él podría contactarlos.

Así que, con más tropiezos, menos compras —apenas las necesarias para justificar el viaje— y tres asambleas en dos días, la historia se repitió: apoyaron a un joven en un momento difícil, lo pusieron a salvo y lo trasladaron a la cabañita de las afueras de San Crisanto. Se repitió también, esta vez con urgencia, la pasión que unió a las amigas con su protegido. Pero Rubén no apetecía el papel del amante joven de aquellas mujeres de alta sociedad provinciana; en el fondo, les guardaba un profundo rencor que se manifestaba mientras hacía el amor con ellas. Gozaba provocándoles algún dolor o una marca sobre la piel que sería difícil disimular en sus casas. Al mismo tiempo, se acercaba a los campesinos sin preocuparse de la discreción que debía a sus protectoras. Decidió que aquella zona era el sitio idóneo para comenzar la lucha armada que el país necesitaba. Exigió más dinero a las mujeres, en una doble venganza contra los explotadores. Se ausentaba, sin dar ninguna explicación, para comprar el armamento destinado a la causa, el cual guardaba en la cabaña, maltratando el decorado risueño que ya de por sí había quedado abandonado desde la partida de Joaquín. En esta ocasión, era el hombre quien hablaba más que las amigas; las aturdía hablando de Cuba, de su contribución a la cadena de explotación o de la inminencia del movimiento armado; y las sometía en retribución al daño provocado por su clase a los oprimidos. Les recordaba los juramentos a sus esposos, la comedia estúpida del matrimonio religioso, su ridícula búsqueda de hombres, capaz de corromper los principios de un movimiento social.

Las amigas se vieron imposibilitadas para enfrentar a Rubén. Por lo menos, de quitarse de encima sus ideas y comportamientos y conservar su cuerpo, más grueso y aguerrido que el de Joaquín. Se habían acostumbrado a no compartir una sola palabra sobre sus respectivas experiencias extramaritales. Apenas se sugerían en un murmullo que no podían continuar así, y que, por primera vez, se avergonzaban de su situación. Debieron concluir, en tales bosquejos de discusión, que la pasión las rebasaba —y los acontecimientos también—.

Finalmente, Rubén fue detenido por un grupo militar especializado del que ni los maridos de las amigas tenían información. Descubrieron las armas; no fue necesario torturarlo demasiado para que confesara quiénes lo financiaban. Ofreció un poco más de resistencia para señalar a otros campesinos con los que había entrado en contacto. Se acallaron los detalles políticos e ideológicos del acontecimiento para evitar que se difundiera el rumor de que en el estado había agitadores. Pero el escándalo de infidelidad y perversión había estallado. Los maridos supieron casi todo y supusieron lo que faltaba. Algunos trabajadores del rancho reconocieron que el jacal ya se había habitado por otro joven. Todo San Crisanto se enteró y aún hoy hay quien se acuerda del episodio. Virginia estuvo a punto de ir a la cárcel; las influencias de sus padres permitieron que tan sólo fuera echada a empujones y escupitajos de su casa y del pueblo. Para Patricia las cosas se pusieron peores: el orgullo de su esposo resultó seriamente afectado y emergió un odio de muerte contra su mujer; también evitó su encarcelamiento, pero alentó a las autoridades para que la torturaran hasta cansarse, “con tal de salvaguardar la integridad del Estado”; luego él continuó la labor y al final la internó en un manicomio.

Vicky se fue a vivir con una tía radicada en la ciudad de México, una olvidada proscrita de la sociedad que no albergó sentimientos de solidaridad para con su sobrina, sino que encontró en ella posibilidades de venganza por su destierro de treinta años a causa de una falta mucho menor: había perdido su virginidad con el hombre que la abandonó dos días antes de la boda. Las sobrinas maduras con categoría de arrimadas —más aún, aquellas con delitos como el de Vicky— suelen desempeñar peculiares puestos de sirvientas, damas de compañía y enfermeras; además de que en ella la tía desahogaba su amargura y la repugnancia de tenerla cerca. La mujer necesitaba ejercer sobre su sobrina un maltrato constante para soportar su cercanía. Algunos días ni siquiera se levantaba de la cama y desde ahí la insultaba y le exigía cuanto se le antojaba. Eso era lo mejor que podía ocurrirle a Vicky; si se levantaba, era para ensuciar a propósito cuanto ella limpiaba. La tía engordó desmesuradamente. No había ropa capaz de contenerla, y a la jornada de Vicky se sumó confeccionar prendas de proporciones gigantescas. Si su tía se probaba un traje que, según ella, la hacía ver gorda, su tiranía se redoblaba, así que debió hacer milagros para engañar la realidad del cuerpo de su tía.

Lo curioso fue que lo más agradable en la nueva vida de Vicky consistió en, precisamente, coser. Desconocedora de ese consuelo, la tía la proveyó del placer de las revistas. Así, el dulce secreto de los modelos de diseñador, las texturas, el color, las lentejuelas y el canutillo le fue revelado. A pesar de ella misma, la tía era, por primera vez en su vida, una mujer bien vestida. Como esas cosas no pueden ocultarse, Virginia pronto recibió una oferta de trabajo que le permitió salir del desván familiar e irse al desván de un taller de costura. Su tía gritó como una loca y la amenazó con acusarla con su familia para que fueran por ella y le hicieran lo que a su amiga —fue cuando Vicky se enteró de que Patricia estaba encerrada en el manicomio de la región—; pero ninguna amenaza hubiera podido hacer volver a la sobrina.

Virginia Constantino empezó a vivir sola, dominando poco a poco la oscuridad aterradora de las dos piezas que constituían su nuevo hogar. Cada día, el agotamiento y el dolor en la espalda funcionaban mejor como sedante. Las largas cartas que envió a su casa recibieron alguna esporádica nota de respuesta, donde se le advertía que no volviera a escribir. A cambio, recibió una foto de sus hijos y una noticia: la del segundo matrimonio de su marido con una joven de dieciocho años; nunca una palabra sobre Patricia, acaso una alusión indirecta: “¿Cómo es posible que esa mujer sea mejor madre que tú?” Más que el reproche, le intrigaba qué manifestaciones de amor podía externar la pobre de Paty desde su encierro. Se dio cuenta de que era libre de sentir aflicción por su amiga y por ella misma, tan sola, sin nadie que la entendiera o le recordara que sus andanzas no habían sido un sueño. Ya no sentía culpa. Estaba segura de que los años de tiranía y soledad eran suficiente castigo; y los de Paty en el manicomio también lo eran para ella. Un aguinaldo y sus ahorros le permitieron tomar el autobús al espantoso lugar cuyas leyendas de infancia aún la hacían enconcharse en su asiento.

La encontró deshecha; atiborrada de pastillas para dormir. Olía terrible. Su bata estaba sucia de lodo, sangre y orines. Su cabello se veía ralo y en algunas partes parecía arrancado. Eso no obstó a Patricia para reconocer a su amiga y se soltó a hablarle tan rápido como su voz pastosa le permitía. Aunque sus frases eran coherentes, le costaba trabajo hilar las palabras y su plática daba saltos por diferentes épocas de sus vidas.

—No me dejan ver a mis niños, ¿qué estarán comiendo mis chiquitos?, ¿no sabes qué les gusta?, para llevarles en cuanto pueda irme con ellos —sí, Paty era mejor madre que ella, aunque ambas desconocían igualmente a sus hijos—. ¿No has visto mi listón rojo? —luego se rió al recordar que lo había echado al pozo para que le compraran otro—. Hazme la tarea de la señora Jovita —y gimoteaba para convencerla—. Qué vestido tan bonito traes, ¿te gusta el mío?; de seguro los compramos juntas…

Con la mirada desviada, sin contestar las preguntas de Vicky, sentada en el suelo y apoyada en un muro, Patricia continuó hablando aferrada a las manos de Virginia. Su amiga trataba de devolverle la conciencia del lugar donde estaba, de que le dijera cómo la trataban ahí, si quería marcharse con ella. Inútilmente. De pronto, Paty le dijo:

—Fíjate, a veces viene Rubén.  Es un bruto. Le digo que no me muerda pero no me hace caso. Si le digo que no quiero estar con él, que me espere, que yo lo voy a visitar a la cabaña, se ríe, ¿tú crees? Me dice de cosas, me aprieta los brazos y me lo hace a la fuerza. Así es Rubén, ¿verdad? Dile tú, dile que ya no… —hasta entonces sus ojos húmedos de llanto se encontraron con los de su amiga.

Virginia lloró con su amiga. Entre lágrimas le juró sacarla de ahí. Los días que siguieron se dedicó a falsificar cartas con la firma del esposo. Se hizo pasar por una secretaria chismosa pero tenaz, a la que habían encomendado la tediosa tarea de sacar discretamente a la loca de una familia decente. Redactó otras cartas en las cuales inventaba que los padres de Virginia se comprometían a cuidarla; dio a entender que, si bien ya nadie la quería, resultaba aún terriblemente vergonzoso tenerla al alcance de miradas indiscretas; una casa siempre tiene un cuarto interior para ese tipo de percances. El dinero de Vicky se consumió en escritorios públicos y en una posada más o menos cercana en la que se registró con un nombre falso. Con todos los días invertidos en el rescate, ya no tenía trabajo donde pedir algún préstamo. Bastó una llamada a su marido, con la amenaza de presentarse ante sus hijos y buscar sus cosas de valor abandonadas la última vez, para que éste se hiciera cargo de los gastos que siguieron.

Quien nunca contestó a los requerimientos de la institución donde se encontraba Paty fue su marido; además, tenía algunos meses sin recibir las colaboraciones a que se obligaban todos los parientes de los internos. El encargado del lugar decidió entregar a la enferma, a cambio de la liquidación de la deuda, más algunas cantidades de dinero para ignorar la intermediación de la extraña y la ausencia del directamente interesado. A mediados del año, las amigas se marcharon a la ciudad para no volver nunca a su tierra natal.

La capital las esperaba, como ellas, avejentada. Como si ella hubiera perdido también a sus Joaquines y Rubenes, y con ellos sus años de gloria. Patricia tuvo que someterse a tratamiento para desintoxicarse; pasaron varios meses antes de que volviera a parecerse a la amiga que Virginia recordaba. Fue el último infierno que puso a prueba la amistad de las señoras y ésta salió fortalecida.

Virginia contagió a Patricia su fascinación por la costura. Al principio, las manos temblorosas de Paty eran incapaces de ensartar una aguja y se conformó con pegar infinidad de botones, pero tenía una agudeza para los tipos de telas y los diseños de trajes de gala incluso superior a la de su amiga. Trabajaron en talleres hasta ahorrar lo suficiente para comprase una máquina de coser industrial y se centraron en confeccionar vestidos para novias y quinceañeras, trajes de noche y ajuares completos. La paciencia que exige la costura las devolvió a las conversaciones interminables y a las confidencias que por sabidas se callaron. Así, la alta costura fue la última pasión que compartieron.

Al cabo de unos años se mudaron a un departamento relativamente barato que adquirieron gracias a que Patricia alcanzó a heredar unas migajitas de la fortuna paterna. Contrario a lo que se pensaría de dos mujeres a las que se supone solteras, eran las inquilinas menos metiches de todo el edificio; en cambio, destacaban por su sentido del humor y lo ameno de su conversación. Siempre gustaron de la compañía de estudiantes, y hasta ofrecían su departamento para las fiestas de los muchachos, en las que, ocasionalmente, bailaban y se fumaban un cigarro o dos. Se vestían tan bien y se escandalizaban de tan poco que hubo quien las suponían intelectuales precursoras del feminismo. Invariablemente, los jóvenes discutían en torno al comedor o la mesa de centro sobre los movimientos estudiantiles. Nunca faltó la clásica pregunta:

—¿Y ustedes, cómo vivieron el movimiento, cómo lo interpretaron?

Y ellas, con un brillo casi imperceptible en la mirada, respondían invariablemente:

—Uy, mi amor, nosotras nunca nos enteramos de esas cosas.

Pronto cumplirán sesenta y cuatro años. Entre las dos, llegaron a una sola certeza: “La vida es una friega.” Reciben una pensión de jubiladas. Se cuidan para mantenerse delgadas, no se perdonan caminar encorvadas y se pintan el cabello con frecuencia, una de rubio y otra de un tono rojizo. Todavía van a los almacenes que frecuentaban en su juventud; ahora ya no sólo a los del centro: conocieron el almacén de Insurgentes —Joaquín lo mencionó alguna vez—, Polanco, Perisur. Son paradas que conocen poco, pero se atreven a abordar microbuses que las llevan, una vez al año, a gastarse sus ahorros en la ropa que aún las enloquece.

De camino, Paty observa con descaro a los jóvenes que abordan el microbús —Vicky también, pero disimuladamente—; en una ocasión, incluso, hizo plática con una abuela que viajaba con su nieto. Se cambió de lugar para ocupar el asiento atrás de ellos y felicitó a la mujer por tener un hijo tan guapo y que se veía tan educado. La señora se molestó en un principio, pero, orgullosa de su nieto y halagada de que pensara que era su hijo, la dejaba hablar. El muchacho sonreía entre incómodo y divertido cuando Paty ponía la mano en su espalda y luego en su hombro para reiterar su felicitación por ese nieto tan bonito.

Vicky trata de apaciguar a su amiga y la reprende: “Compórtate, Patricia”, con una mirada de reprensión y, al mismo tiempo, divertida complicidad. Paty sólo contesta: “No des lata”. Se quita el saco —una ajustada blusa negra de lentejuela contrasta con la flor roja sobre su cabello— y vuelve a abrazar al muchacho. La abuela no nota que la desconocida acaricia la mejilla del joven y que luego desliza uno de sus dedos hasta la oreja, y él no puede evitar sentir un estremecimiento que, se confesará después, no es del todo desagradable.