El infierno de los amantes (UACM, 2017)


Cuento / Miércoles, abril 18th, 2018

Mar muerto

Yo no sabía de este movimiento de ola. Nunca estuve en la playa pero sé que el mar es una sensación como ésta: balancearse, disolverse, volver al origen, a la oscuridad que no atemoriza. Hacerte uno con esa misma oscuridad.

Antes de mi nacimiento fui poco menos que una onda pequeña y suave. Mi madre me contaba que conoció el mar mientras me concibió. En realidad un camionero amargado se la llevó a los quince años. Ojalá el muy desgraciado la hubiera devuelto a su casa y después se hubiera largado para no regresar nunca más: la suerte no estuvo de nuestro lado. Dice ella que yo, en su panza, fui muy latoso, que me movía como las mojarras que escoges en las pescaderías. Ahora puedo acordarme de esos meses, claro, pero ahora estoy muerto. Estaba muy a gusto flotando en su barriga mientras ella iba a la escuela. Quería terminar la secundaria y a pesar de su embarazo no quería que el camionero regresara. Las oleadas oscuras se llevan parte de mí, como pasaba en esos días, pero a la inversa: entonces yo me formaba de ella.

Así es como cuento mi historia, a ver si alguien más la cuenta y habla del cabrón de mi padre, que regresó por mi madre dos meses antes de que yo naciera, para pegarle a gusto y romperle sus cuadernos, para humillarla. Ya con el permiso de sus padres que la vieron con la boca hinchada y no hicieron nada, con la aprobación de mi abuela, que nunca intervino para defender a una chica de quince años que traía a su nieto en el vientre. Y resultó que todos me quisieron mucho: que era el consentido de mi padre, que su mamá me compraba chocolates y me llevaba a misa con ella, que para mis abuelos paternos yo era el más bonito. Pero a ella, a ella sí le llovían las palizas un día sí y otro también. Aunque se volviera a embarazar seis veces.

De esos seis se le murieron dos, que ahora parecen hablarme y decirme que los acompañe, que ya estuvo, que nuestro padre nunca aceptará su responsabilidad por nuestra muerte, que ellos lo intentaron apareciendo en sus pesadillas, pero que él aprendió desde niño a olvidar sus sueños aunque lo hacían gritar dormido. Para ellos es más sencillo: murieron al nacer; yo me quedé a oír los quejidos ahogados después de esos golpes secos, certeros. Yo quise pedir ayuda sin saber cómo, y sin que me escucharan, en la escuela y en cualquier lugar donde pudiera gritar y patalear para que me vieran violento. Todo fue inútil: la escuela, los maestros, los parques y los policías, incluso hacerme su cómplice por temor y conveniencia. Inútil como mis hermanos muertos que me dicen que ya estuvo.

Estoy bien, flotando y escuchando el agua bombear y lavarme. Me hacía falta limpiar mis manos que tocaron de todo: el resistol amarillo que nos poníamos en los dedos y en botellas de plástico para disimular que lo inhalábamos en la calle, las cosas que me robé para comprarlo, las nalguitas de mis hermanas por debajo de sus calzones. Y sólo tenía once años, cuando los años son demasiado largos y faltan muchos para poder huir. Necesitaba refrescar mi cabeza que se encendía como una olla exprés y terminaba golpeando a todos: a mis hermanos chicos y a mis compañeros de escuela, a la banda que me respetaba porque le ponía sus putazos a cualquiera, hasta a mi padre cuando ya no le tenía miedo, sólo odio. Con el ir y venir del agua siento diluirse la sangre que se me hacía espesa cuando empezaban los trancazos entre escuelas o entre bandas y había que defender el territorio, como en las guerras; entonces la sangre se me iba a los ojos, a los puños y a las piernas, y me hormigueaban hasta que dejaba de sentirlas, como cuando le ponía en la madre alguno; o se me hacían como de cemento, cuando me tocaban los chingadazos a mí.

Todo es oscuro y me gusta. Soy un pez de esos que nadan donde la luz no llega. Pero me gustaría saber qué piensa mi padre, si ya se dio cuenta de lo canalla que era, y si deja de preguntarse estupideces como “¿Por qué me salió este hijo así, si yo le di todo, si nada de lo que quiso le faltó?” Y responderse, a sí mismo y a mi mamá, peores estupideces, como “Tú tuviste la culpa, porque le consecuentabas todo, porque eres una borracha”, y esas cosas que le dice a mi madre. Porque sí, ella se bebía hasta el alcohol de la farmacia desde hace unos años. Y yo, que me hice de todos los vicios, la entiendo. Sólo extraño esa mirada de comprensión que no compartía más que con ella. En cambio, él no entendía nada. De la banda, decía: “Bola de vagos; lo que les falta son unos cinturonazos”, mientras yo me cagaba de risa por dentro. Todos mis carnales de Los Salvajes se habían formado a golpes por sus padres; pero él a mí no me pegaba. Era imposible que ese imbécil tuviera esas ideas tan jodidas, que no se diera cuenta de que todo lo que hice fue contra él. Que no quería que nadie me quisiera porque yo era el hijo favorito de un pedazo de mierda como él, su primogénito, decía él. Y eso no podía ser, no merecía que lo quisiera nadie, ni a mí, si es que él se reconocía en mí.

Y por eso todos me tenían miedo. A través del agua que bebe quien me escucha y registra mis palabras, digo que perseguí el odio de las mujeres a quienes provoqué pesadillas, gozando más de la mirada de horror con que veían al escuincle de doce, trece años que les metía el dedo en la vagina. Grito que perseguí el desprecio de mis parientes, empezando por mis abuelas, cuando se daban cuenta de que les robaba lo que podía; riéndome de los vagos a los que agarré a patadas nomás porque estaban tirados disfrutando del sol y de sus piojos; y de los policías que le sacaron dinero a mi padre para no llevarme a la delegación. Me acuerdo cuando, ya después de todas las broncas en las que me había metido, a él se le ocurrió llevarme a la correccional de menores. Fue uno de mis mejores días: el abogado que lo recibió le puso una regañiza que lo hizo bolita contra un rincón. Que lo que a mí me hacía falta era comprensión, que cuántas veces se había preocupado por hacer la tarea conmigo, conocer a mis amigos, o que yo le contara mis problemas. El pendejo no sabía ni de lo que hablaba el abogado: seguramente le recordaba a sus patrones, que lo ninguneaban y de los que se desquitaba con nosotros. Nos echó del lugar, y mi padre estaba en medio de la calle, como perro abandonado, mirando alrededor antes de mirarme a mí, de abajo para arriba, porque yo ya era mucho más alto que él y porque algo de lo ocurrido lo empequeñeció. El mejor día de todos los que tuvimos la desgracia de pasar juntos.

Después no volvió a intentar nada, ni siquiera hablarme. Y yo que sentía que por fin le había puesto en su madre. Pero también me sentía reseco, árido. Por eso me bebo toda el agua: por la boca, por los ojos, por lo que queda de mis poros, por mis huesos que se empiezan a notar. Las drogas te dejan así: con mucha sed, sin una gota de saliva.

Luego ya ni hacía falta golpear a nadie: una pistola era suficiente. Una farmacia, una estética, un taxista. La cara me cambió y veían más mi cara que la pistola. Volvía con lana de la que ni mi madre ni él preguntaban nunca el origen. Ni mis hermanos, a quienes también les tocó una secadora, una televisión, lo que cayera.

Entonces me encontré a quienes me andaban buscando. A saber qué les hice, eran varios e iban a lo que iban. El fulgor del disparo se me figuró largo, un tiempo en que pensé en el fin de todas las cosas, y en que no había conocido el mar, el mar que mi madre vio cuando tenía mi edad, sin saber todavía de mí. Pensaba en el mar mientras llevaban lo que yo había sido a la cisterna de la unidad habitacional. Este es mi último hogar, el verdadero. Imagino el mar mientras mis pensamientos fluyen, cambian de forma y dicen más cosas que nunca. Mis pensamientos inundados del olor del agua que la bomba distribuye a toda la unidad. Y mi cuerpo, que fluye como un pensamiento, se desintegra en el agua que los vecinos beberán hasta que un día descubran mi cadáver y me convierta en la pesadilla, en el horror que nunca olvidarán, en la obsesión que se manifiesta en las palabras que estás leyendo.

*Incluido en la antología Sólo cuento, t. VIII, UNAM, 2017.