La verdad sobre mis amigos imaginarios


Cuento / Viernes, abril 13th, 2018

Desaparecidos

Al principio, sólo él la veía y sólo a él le hablaba. Los encuentros entonces eran profundamente íntimos e incluso, en una ocasión Lorena le pidió que le hiciera el amor. Mientras empezaba a desnudarse, alguien llamó a la puerta. El sonido rompió el estado de sugestión en que él se sumergía durante cada encuentro. Al mismo tiempo, percibió que ella no mostraba reacción alguna a la interrupción. Se levantó y corrió a la puerta, casi huyendo. Echó al visitante. Al volver, ella seguía recostada, pero ahora se encontraba vestida con ropa distinta a la que le había quitado, quejándose de que tenía dolor menstrual.

Pero después, yo mismo la vi. Estaba frente al espejo, como examinando su rostro en busca de alguna arruga inexistente. Se había alisado el cabello; nunca la había visto así (luego, Gonzalo me contó que Lorena adoptó ese peinado unas semanas antes de que rompieran). Habituado a suponer que los relatos de Gonzalo no eran más que alucinaciones, supuse que ella habría vuelto; correspondí a su saludo con un roce de nuestras mejillas. Miré entonces el espejo, en él lucía como yo la recordaba, con su cabello rizado. Ella se dio cuenta y desde el espejo también me miró, con movimientos simultáneos a los de la mujer que aún tenía entre los brazos; continuamos con los ojos en el espejo tomados de los codos hasta separarnos totalmente. Caminé de espaldas hacia la puerta, asustado como nunca antes en mi vida, sin aliento para pronunciar una palabra. La perdí de vista pero aún escuchaba su voz. Una conversación que alcanzo a recordar de otros tiempos.

Ninguno de los que la conocimos tenía algún indicio sobre su paradero o una mínima explicación para aquellos hechos sobrenaturales. Sólo sabíamos que un día, después del divorcio, escapó sin avisar a nadie, con su novio y con el hijo de cuatro años que habían tenido durante el matrimonio. Parece que, un sábado, él se quedó esperando afuera del departamento de su ex-mujer (Lorena conservó el departamento de casados, Gonzalo se revolvía en su frustración porque, consideraba, ella aún tenía un hogar; en cambio, él había sido arrojado a una soledad amarga e injusta). Siempre esperaba a que salieran los dos para llevarse a Gonzalito el fin de semana que le correspondía; esa misma tarde fue a buscarlos a la casa de sus padres. Tampoco halló a nadie ahí; esperó casi una hora. Se decidió a preguntar al vecino de la casa de al lado, quien le informó que habían salido desde el jueves anterior. Unos jóvenes que siempre se reunían en la farmacia de la esquina se lo confirmaron, pero nadie podía precisar si llevaban con ellos un niño con las características de su hijo. Gonzalo supuso que habían ido de paseo con los abuelos y se marchó furioso. Regresó a la casa de sus ex-suegros al día siguiente, el domingo por la tarde. Esperó nuevamente hasta que llegaran. Ensayó la discusión que tendría con Lorena y hasta con sus padres, por la alcahuetería que también había contribuido al divorcio de ambos.

Nunca ha tenido esa oportunidad. Al verlos desde el auto, Gonzalo percibió la extrañeza con que lo miraron. Habían salido de la ciudad con todos sus hijos y sus nietos, menos Lorena y el niño; a pesar de que insistieron para que los acompañara y no se aburriera el fin de semana. Incluso invitaron a su novio, dijeron. Pero ella rechazó la invitación argumentando que tenía planes, nada fuera de lo común: dejar al niño con su papá, reunirse con el muchacho aquel, ayudarlo en el negocio, ir cenar y quedarse el domingo en su casa. Gonzalo odió con toda su alma a esa familia, hasta que una de las apariciones causó un infarto al padre, quien murió unos minutos después de salir del departamento.

Del amante de Lorena no sabían nada. Pero Gonzalo averiguó dónde se encontraba su negocio de diseño gráfico; por supuesto, fue a buscarlo de inmediato. Todo estaba cerrado. Según supo, tenía algunas semanas que el contrato de arrendamiento se había terminado y no lo renovó, sino que dio las gracias y se llevó todas sus cosas. Logró conseguir la dirección de su domicilio particular: era dueño de una enorme casa en ruinas. Sólo funcionaban dos habitaciones. Una vez más, obtuvo algunos detalles de los vecinos. Se dolió cuando mencionaron que la única persona que lo iba a visitar era una muchacha, lo más seguro, su novia, porque se encerraban todos los fines de semana y a veces no salían ni a comer.

El paradero del niño fue su obsesión desde entonces. En aquellos momentos aún no comenzaban las apariciones de las múltiples Lorenas, acontecimiento que llegaría a golpear su ya taladrado ánimo (después de aquello, buscó más ansiosamente a Gonzalito: para tratar de entender el fenómeno de los fantasmas). Durante ese primer año, escribió a funcionarios, a estaciones de radio, a canales de televisión y a distintas asociaciones, pero nada. Incluso ha publicado un libro de cartas dirigido al niño, para que algún día supiera todo lo que hizo para encontrarlo.

Me puse en contacto con él para apoyarlo con el libro, lo ayudé con la revisión y la edición. No había vuelto a verlo desde antes de su divorcio. Habitaba de nuevo el departamento en el que vivieron juntos y de donde Lorena desapareció llevándose sólo parte de la ropa y algunos objetos personales del niño y de ella. Me resultó extraño, un tanto enfermizo, que, aunque fuera inconscientemente, Gonzalo parecía esforzarse en mantener los muebles, las cortinas, los objetos, como en los años de matrimonio, sin importar que cada vez se vieran más gastados —él había conservado algunos muebles, los devolvió a su lugar en el departamento, incluso se deshizo de algunos nuevos comprados por Lorena, hasta que el departamento quedó casi idéntico a como lo había dejado—. Sin embargo, preferí no decirle nada, eso le correspondería a un terapeuta, así que me limité a insistir en que viera uno. Asentía pero jamás seguía mi consejo; supongo que lo consideraba una pérdida de tiempo en tanto no recuperara a su hijo.

Más o menos seis meses después de la desaparición, surgieron las visiones. La primera vez —como yo—, pensó que era ella, que al fin había regresado; la sujetó por los hombros y le reprochó su huída, luego le preguntó por el niño. Notó que Lorena ni siquiera se inmutaba, que su expresión no se alteró en lo más mínimo; se fijó en su ropa, en su figura y en su mirada, se dio cuenta de que en realidad era ella a los diecisiete años, cuando la conoció (se casaron poco después, cuando ya estaba embarazada). Casi de inmediato, esa Lorena casi niña se dio la vuelta y se dirigió a su recámara; cuando él intentó seguirla, se esfumó. Así, nada más. Sobre la cama encontró una tarjeta con círculos sonrientes, corazones, flores y frases cursis de estudiante que ella le dio cuando tenía esa edad y que él había conservado en un cajón.

Desde entonces se aparece de vez en cuando, sin ningún motivo aparente, en diferentes momentos de su vida juntos; pero basta cualquier parpadeo para que se desvanezca. Gonzalo está enloquecido. Me refiero al grado de desesperación que lo aqueja, si me refiriera a un transtorno psicológico, tendría que decir que todos nos hemos vuelto locos, porque también yo la he visto en otras dos ocasiones. Si se le pregunta por Gonzalito, a veces responde como en aquellos años: que está afuera, jugando, que fue al cine con sus abuelitos, que se quedó en su cuarto dormido después de hacer la tarea del kínder. Otras veces responde con una expresión de extrañeza porque aún no lo concibe.

En su apariencia indiferente, parece no notar siquiera que temblamos de terror y de angustia ante ella, porque no sabemos si es una alucinación colectiva, un fantasma, el demonio que se burla de nosotros. Ella sólo contesta con actitudes y voces del pasado. En ocasiones, si alguno de los parientes o amigos de ambos soporta la presencia y sostiene una de sus breves conversaciones, es posible percibir la amargura que le provocaba el haberse casado tan joven, o bien, una cierta malicia en sus respuestas deja ver que oculta un secreto.

He tratado de investigar esta rara forma de apariciones; es imposible saber si es un fantasma —es decir, eso que tradicionalmente se considera como tal: el “espíritu” de un ser fallecido—, pues nadie tiene la certeza de que Lorena haya muerto (un cadáver hace ruido, más aún después de todo lo que Gonzalo ha hecho para difundir su fotografía a nivel nacional). He recurrido a las leyendas y a algunos relatos literarios, pero las primeras son tan antiguas que no es posible determinar el hecho exacto del cual partieron; y en los segundos no hay ningún registro de que el autor haya escrito sobre algún fenómeno sobrenatural que le sucediera en la realidad. Además, aunque en esos textos aparezcan acontecimientos similares, ninguno es exacto retrato de lo que aquí ocurre.

Decidí, finalmente, permanecer cerca de este increíble suceso, para registrar su desarrollo. Convivir con el miedo, estar a la expectativa, hizo que mi salud, en menor medida que la de Gonzalo, también se deteriorara.

Esta extraña alucinación tenía otra particularidad: sólo afectaba a quienes conocimos a Lorena y a Gonzalo como pareja, a quienes presenciamos las primeras semanas de profunda pasión entre ambos, a quienes debimos escuchar, cada quien por su lado, las confidencias, los problemas, las posibilidades de divorcio. Lo comprobamos cuando Gonzalo logró que un sacerdote asistiera al departamento (ha vuelto a la religión, luego se apartó de ella definitivamente): sólo hubo encuentro en la tercera visita. Lorena pareció no ver a nadie, como no ve a nadie que no pertenezca al acervo de imágenes del pasado. El sacerdote, por su parte, sólo miró a Gonzalo dirigirse a la nada y lo oyó decir “Traje a un amigo, quiero que lo conozcas”. Ella lo ignoró. Él insistió. Ella se dio vuelta, como siempre, sin hacer el menor caso. Él ya conoce esas salidas y le gritó: “No te vayas”. Su ansiedad asustó al cura: “¿La vio, Padre?” Él contestó que no, arrojó agua y bendiciones antes de salir apresurado de aquella casa, lamentando perder un tiempo que necesitaban sus verdaderos vivos y sus verdaderos difuntos.

El libro en el que trabajamos Gonzalo y yo apareció más o menos ocho meses después de que la imagen de Lorena se instalara en el departamento. Él pagó la mayor parte de los gastos de la edición, pero la editorial se enteró, no sé cómo, de que atravesaba por una situación sobrenatural. A todas sus presiones, se sumó la insistencia del editor para que publicara la historia del departamento embrujado. Gonzalo no se cansa de jurar que aquello no es cierto, pero los ruidos que a diario oyen los vecinos —un taconeo, trastes que se estrellan contra el suelo, discusiones a gritos— y el estado de descuido que se nota desde afuera del edificio, ya han dado para más de dos artículos en revistas de ínfima categoría.

Pasaron algunos meses más, por fin el hijo de Gonzalo pudo establecer contacto. Llevaba casi un año en un internado cercano a la frontera. Justo el tiempo en que las apariciones comenzaron. Su mamá y aquel joven lo dejaron estudiando ahí, porque él tenía que tomar fotos en varios puntos del desierto, y no podrían atender al niño durante los siguientes seis meses, según la mujer que se presentaba telefónicamente como la directora. Como ellos iban por ciclos escolares de un año, pagaron todas las colegiaturas de los doce meses: una suma alta porque se trataba de un colegio caro, extremadamente cuidadoso con la seguridad de los internos, por los problemas bien conocidos de la zona fronteriza y de los cuales los pequeños son víctimas con escandalosa frecuencia. Esto también en palabras de la directora. Pero resultaba demasiado extraño que los padres no hubieran vuelto a presentarse después de todos los días que necesitaron para inscribir al niño; los primeros meses se entendía, por el trabajo del marido, pero ya no, pues había pasado el primer mes de vacaciones y de acuerdo con la política de la institución, sería el momento de hacer el siguiente pago. Por eso la directora decidió hacer caso de las constantes menciones del niño acerca de su papá en México (aunque ella tenía entendido que era él quien los había abandonado), y hacer la llamada al número que el pequeño conservaba en una vieja libreta de dibujos. Era necesario, entonces, que Gonzalo viajara al norte con todos los documentos probatorios de paternidad y, si todo salía bien, también con dos boletos de regreso.

Volvieron juntos, en efecto; se instalaron en la casa de la abuela. Gonzalito aún era muy pequeño, no era posible tener las conversaciones que su padre hubiera deseado, que le permitieran mostrarle su angustia y desasosiego al creerlo perdido para siempre. Tampoco era posible ir más allá en sus recuerdos para añadir piezas al rompecabezas imposible en que se había transformado su mundo. En cambio, era necesario reconstruir otro, sin vacíos y totalmente luminoso, en el que lo mejor sería tratar de olvidar. El departamento se puso en venta; pero sus extraños acontecimientos eran demasiado atemorizantes como para atraer compradores verdaderamente interesados. Y nosotros seguíamos haciendo comentarios en voz baja, hasta que el niño los escuchó.

Suplicó desde entonces para que su padre lo llevara al departamento. Quería ver a su madre, se preguntaba por qué no iba a verlo. El psicólogo infantil reprendió, a través de Gonzalo, a todos los indiscretos que hicimos de una alucinación colectiva un motivo más de angustia para el niño, y sugirió que ahora lo mejor era hacer caso a su exigencia, sólo por aquella ocasión. A cambio, Gonzalo también se sometería a un tratamiento que ya le era imprescindible.

Ambos volvieron al departamento. Lorena no parecía hacerse presente en los quince minutos que el niño la llamó. Decidieron irse, pero Gonzalo fue a buscar unos juguetes que conservaba y que el pequeño aún recordaba. Le pidió que lo siguiera mientras se dirigía a su antigua habitación. El niño obedeció, se retrasó sólo algunos pasos en tanto curioseaba y reconocía el hogar donde creció. Gonzalo cerraba el baúl de juguetes, seguro de que su hijo estaba tras él, cuando escuchó a Lorena y a Gonzalito llamarse mutuamente. Su estremecimiento lo paralizó apenas un segundo. Oyó pequeños pasos apresurados, Gonzalo le gritó que lo esperara. Al llegar a la sala, jura que no tardó más de tres segundos, no había nadie. Ni Lorena ni el niño.

Estas últimas anotaciones me han costado meses de trabajos penosos, Gonzalo no habla con nadie, no admite visitas, se ha condenado a morir en el departamento. Es extraño, sin embargo, que nadie, ni su familia, trate de impedirlo.

No pude verlo (como todos los niños, es travieso), pero Gonzalito se sumó a las visiones con las que su padre decidió permanecer hasta el fin. Sólo así podría acariciar a su hijo, sostenerlo en sus brazos, jugar con él, hablarle nuevamente; estoy seguro de que también aceptó los acercamientos de Lorena: nunca dejó de amarla. Los demás entendimos y nos distanciamos paulatinamente, hasta que se quedó totalmente solo.

Hace unos días, su hermana me telefoneó. Supieron, dos días después de que ocurriera, por las quejas de los vecinos, que Gonzalo había muerto al fin. Las apariciones, aparentemente, se habían marchado. No es cierto, pienso, sólo hemos perdido la lente que nos permitía mirarlas.