(Mi) Literatura fantástica

Literatura de lo sobrenatural: Creación, crítica y teoría

Adriana Azucena Rodríguez

 

En 2004, aparece publicado mi artículo “Tradición nacional y literatura fantástica: José Emilio Pacheco”, como resultado de la investigación que realicé en el curso de Literatura Hispanoamericana, enfocado en lo fantástico, con el Dr. Rafael Olea, en El Colegio de México. Entonces me interesaba la estructura genérica de lo fantástico y la serie de procedimientos retórico-formales y temáticos de lo fantástico como un modo de aproximación a este subgénero literario. Me atraía la noción de “realidad” vertida por cada autor en sus relatos: una construcción basada en la percepción, pero también en el momento histórico. En otras palabras, la idea de realidad, por ejemplo, se modifica en la era moderna con respecto a la Edad Media y, asimismo, la era de la tecnología también representa una transformación de las posibilidades de lo sobrenatural. Como se anuncia en el título de mi artículo, señalo la importancia de los referentes históricos y geográficos en la construcción de lo fantástico: la cultura prehispánica, el segundo imperio o el movimiento estudiantil de 1968, referentes de particular violencia en lo que denomino tradición nacional. Detrás de esta noción, pretendí insinuar que, a diferencia de Carlos Fuentes o Elena Garro, Pacheco involucra los temas políticos a las estructuras de lo fantástico, combinación que luego retomaría la literatura argentina.[1]

Para entonces, ya había escrito y publicado cuentos relacionados con lo sobrenatural: “De niños y ratoncitos”, un minicuento creado a partir del afán por acercarme a ese género del que recientemente se hablaba en antologías como Relatos vertiginosos, de Lauro Zavala o Breve manual para reconocer minicuentos, de Violeta Rojo. Publiqué también “Elvira, la noche”, una versión vampírica de la relación entre el poeta José Asunción Silva y su hermana. Mi cuento “Desaparecidos”[2] fue el primer relato —y tal vez el único— en el que la escritura iba a la par de las lecturas teóricas realizadas en el seminario: una mujer y su hijo desaparecen, el padre comienza a ver apariciones de la mujer. Cuando recupera al niño, el cuento dará un giro que dejará en la indeterminación lo ocurrido con esta familia. Las diferentes posibilidades de lo extraño, lo fantástico y lo maravilloso, sus géneros intermedios y la exploración de un discurso ajeno al realismo, contribuyeron a la organización del libro que, bajo el título de La verdad sobre mis amigos imaginarios, apareció en 2008. La revelación de la posibilidad de que lo fantástico pueda revelar una estructura, un sistema de recursos fue la inspiración del cuento “El duende”, una especie de censor salido de ese mundo imaginario que se resiste, justamente, a ese conjunto de “trucos” que aparecen con frecuencia en ese tipo de relatos.

Al duende de la casa no le gusta el café, pero enloquece por el chocolate con leche. Le gusta leer y me confisca las gafas y los libros de cuentos, no es asiduo a la novel a y despedaza los periódicos que dejo acumular por descuido. Odia el tabaco y si fumo en la noche abre la ventana sin importarle en lo más mínimo mi salud.

Lo descubrí en mi anterior departamento: escuché un estornudo. Fue durante el invierno húmedo en que salí de la casa familiar para vivir sola. Como yo me congelaba, me había preparado un chocolate caliente, del que le llené un dedal y se lo puse cerca de donde escuché el estornudo. No volví a ver el dedal hasta la noche siguiente. Entonces se me ocurrió ofrecerle café; lo oí escupir y arrojar el dedal.

Vi su rostro cuando supe de su placer por los libros. Una noche me envolví de cobijas y estuve leyendo hasta las cuatro de la mañana. Trataba de reconocer algunas fuentes esotéricas en un libro de Elena Garro y lo contrastaba con un diccionario de ciencias ocultas. Me venció el sueño pero alcancé a quitarme los lentes y usarlos para marcar la página donde dejaba mi lectura. Dejé la luz encendida; eso, un rasgueo de lápiz y un leve chasquido desaprobatorio me despertaron. Frente a mí estaba una cabeza del tamaño de una pelota de tenis y con mis gafas en cruceta apoyadas en su minúscula nariz, los cristales de aumento agrandaban sus ojos dándole un ligero parecido con Sartre. Estaba cambiando de libro cuando me miró caer de la cama por el susto y salir a gatas del cuarto.

El duende y mi libro de Garro desaparecieron en la mañana. El diccionario tenía minúsculas anotaciones: casi todas consistían en “falso”, “lugar común”, “absurdo”, “no hay pruebas”… Desde entonces, los libros empezaron a aparecer tirados junto a los libreros y siempre faltaba uno de cuentos. Al descubrir su gusto por el género se me ocurrió dejarle mi manuscrito, con una gran tasa de chocolate como carnada. Mi plan resultó y mis cuartillas desaparecieron durante varios días. Reaparecieron rayadas, corregidas y con una anotación final: “desconocimiento total de lo fantástico, puro artefacto discursivo”.

La verdad sobre mis amigos imaginarios (Terracota, 2010)

Entre 2008 y 2013, preparé una serie de ensayos sobre narrativa mexicana del siglo XX escrita por mujeres. El tema me atrajo a partir del aniversario número 40 del movimiento estudiantil de 1968, así que mi reflexión sobre el modo en que se agrupan los textos en lo que llamamos historia de la literatura continuó. Evidentemente, me sorprendió hallar escritoras nacidas en las primeras décadas del siglo cuya obra es impecable y, sin embargo, se encuentran en absoluto olvido. Me sorprendió aún más lo mucho que tardaron en incursionar en la literatura de lo sobrenatural, es decir, como conjunto, pues ya había algunos casos aislados de escritoras que habían dedicado algún relato al tema. Con ello, no pude evitar darme a la tarea de redactar un ensayo que, posteriormente, lo titulé “La irrupción de lo sobrenatural: leyendas, brujas, seres fantásticos y extraños (Castellanos, Garro, Dávila y Banda Farfán)”. Dicho trabajo apareció luego en mi libro Coincidencias para una historia de la narrativa mexicana escrita por mujeres, publicado en 2014. Justo en ese momento adopté el término “sobrenatural” para referirme al género:

Lo sobrenatural es una categoría para aludir a aquellos fenómenos que excederían las posibilidades de la naturaleza, es decir, de la realidad. El término fue acuñado desde la teología y se percibe como una condición de lo divino, pero también posible en lo humano. El término, en literatura, puede oponerse al concepto de realismo como imitación de la realidad y las leyes de la lógica. Se encuentra en una serie de preocupaciones relativas a lo desconocido, a los fenómenos del sueño y de la muerte, a los temores ancestrales que dieron origen a la noción de un mundo irreal. Lo sobrenatural en la literatura, como en toda expresión artística, tiene tal número de efectos que explica la cantidad de estudios dedicados al tema: temor, incertidumbre, ansiedad, horror ante una ruptura de las leyes naturales.

Llamó mi atención ese retraso, pues la literatura mexicana ya había irrumpido en el género con Alfonso Reyes y Julio Torri, no se diga la literatura argentina con María Luisa Bombal y Silvina Ocampo, en cuanto a narradoras, y Borges o Bioy Casares. Si bien en esa investigación hallé la obra de Ana de Gómez Mayorga y su libro Entreabriendo la puerta, lo cierto es que fue en la década de los 50 que se encuentra un número relevante de libros completamente dedicados al tema, de escritoras mexicanas: Raquel Banda Farfán, publica Escenas de la vida rural, La cita y Un pedazo de vida, cuentos que relatan una serie de leyendas con imágenes reconocibles en nuestra tradición: la culebra antes de una tormenta, el tesoro resguardado por el diablo, o brujas y fantasmas que atormentan a los hombres. Guadalupe Dueñas, en 1958, publicó Tiene la noche un árbol: cuentos relacionados con lo extraño, como el famoso feto preservado en un frasco de chiles. Y en 1959, Amparo Dávila publicaría Tiempo destrozado y, en 1964, Música concreta: ambos libros presentan un “fantástico” mucho más moderno, ajeno a las leyendas rurales, ambientados en la ciudad. Para 1962, Rosario Castellanos publica una primera versión Oficio de tinieblas, con elementos de lo sobrenatural indígena: una “canán”, una vidente que tiene la facultad de leer el porvenir en las cenizas del brasero, y una “ilol” especie de bruja con poderes de curación y un puente entre los dioses ancestrales y los hombres. Por último, también Elena Garro se suma a esta oleada de escritoras de lo sobrenatural con Los recuerdos del porvenir y La semana de colores. En mi opinión, Elena Garro reúne todas esas tendencias que sus colegas escritoras habían delineado: une el ámbito rural y urbano —mexicano y europeo—, los acontecimientos fantásticos puros y las leyendas de su región.

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Mientras preparaba este trabajo sobre escritoras, mi obra creativa seguía mis preocupaciones librescas. Al mismo tiempo que preparaba mi libro De transgresiones y otros viajes, en el que reuní mis cuentos de corte realista y la primera versión, que aparecería en 2011, de Las teorías literarias y el análisis de textos, elaboraba también un libro completamente dedicado a la minificción y a la hipertextualidad, como prefiere llamar Gérard Genette a la intertextualidad: ese libro se tituló Postales (mini-hiper-ficciones). La idea era que, como las postales, de un lado de la tarjeta se leía un texto muy breve y al reverso estaba la imagen que, de distintos modos, había inspirado el texto. El lector sabría cuál era el texto aludido por el título, el personaje, el tema o una frase, y así podría completar el sentido. Ahora bien, si no conocía la referencia, el lector podía dedicar unos minutos para ir a Internet y hallarlo, ya que el texto era muy breve. Por supuesto, los lectores me han puesto en mi lugar y han completado el sentido como sus experiencias lo han dispuesto. En fin, lo que quería mencionar acerca de ese libro es que también incluí muchos relatos con presencia de lo sobrenatural: en “La manceba de Toledo”, tomé al personaje de la moza vinculada con don Illán, de El conde Lucanor, y escribí el mismo cuento con el tema del viaje circular por el tiempo. Un texto de Postales…, en particular, tiene una relación con dos fuentes: el cuento “La semana de colores”, de Elena Garro y la pirámide de Dzibilchaltún, que es como se titula mi minificción, un templo dedicado al sol en el que hallaron siete figuras talladas: me pareció que ambos relatos tenían en común la personificación de los días y la idea de un ser que los rige. También ocupé el tema del fantasma, el doble, la bruja, la leyenda de la Mulata de Córdoba, los seres mitológicos, los espectros populares como la sirena o el hombre lobo, las ciudades imaginarias, etcétera. La mayor parte de esos textos se encuentra en la sección “La otra realidad”, que es, más o menos, el sentido que le atribuyo a la noción de lo sobrenatural.

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Por esa relación entre lo sobrenatural y la minificción, incluí el artículo que lleva ese título. Aún considero que no es casual que el resurgimiento de los textos breves haya ido de la mano con las sirenas que no cantaron para el autor de “A Circe” —según se ha dicho, el primer micro relato de la literatura mexicana—; un resurgimiento que se dio también con las antologías de Borges o de Valadés (Cuentos breves y extraordinarios, Manual de zoología fantástica o El libro de la imaginación). Para este trabajo, volví al término “sobrenatural”:

Lo sobrenatural es el acontecimiento o fenómeno que atenta contra las leyes físicas, si bien estas leyes físicas están determinadas por el paradigma científico imperante en cada época en que se escribe o lee un texto con inserción de un motivo de este tipo. En literatura, la acción de lo sobrenatural ha estado presente desde sus inicios por la estrecha relación que mantenía con el discurso mitológico, y tenía una explicación inmediata en los poderes sobrehumanos de naturaleza divina. Con la irrupción del pensamiento ilustrado, se suprimió la aceptación de la existencia de entidades superiores a las humanas. En respuesta, el Romanticismo retomó el acontecimiento sobrenatural como motivo central en la lírica y la narrativa, con lo que se concretó una serie de morfologías del hecho sobrenatural que estructuran el texto o buena parte de él. Como la de Vladimir Propp, referida al cuento maravilloso de tipo popular; o la de Roger Callois, centrada en las categorías temáticas de lo fantástico. Lo sobrenatural continúa siendo motivo de discusión, como consecuencia de la complejidad que ha alcanzado su formulación literaria. Neus Rotger le llama “fenómeno inaceptable para la razón” cuya irrupción implica “la dificultad de esclarecer si dicha irrupción se ha producido realmente o si no es más que el producto de un engaño de los sentidos”.

Señalé en ese artículo las maneras en que se enuncia lo sobrenatural: 1) la mención de algún término cuyo sentido aluda a seres ajenos a la realidad objetiva —fantasmas, muertos animados, hadas, ángeles, monstruos, figuras mitológicas, seres extintos, etcétera—; 2) la alusión a sus atribuciones y propiedades, sin aludir al ser en sí mismo, y 3) la relación directa y encadenada del acontecimiento imposible en la realidad, como la experiencia de la existencia de una figura sobrenatural. Incluí cuestionamientos al esquema de Tzvetan Todorov acerca de la ausencia de vacilación del personaje, que funciona de modos particulares en relatos más extensos en comparación con la minificción, pues en éstos casi nunca hay lugar para la vacilación. Esto me llevó a la relación entre la metáfora y lo sobrenatural. Por la cercanía entre la minificción y el poema en prosa, por su requisito de brevedad, la intervención de lo sobrenatural permite un sentido metafórico, en concordancia con los postulados de Rosemary Jackson seguidos por Remo Ceseani.

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Quise incluir en mi recuento del día de hoy el artículo “Eugenia, temprana ciencia-ficción hispanoamericana: literatura, sociedad y proyección futurista”, publicado en un dossier sobre intelectuales y política en la revista Andamios. El tema me permitía volver a la relación entre la perspectiva sociológica y este género de la narrativa futurista. Es un tema de enorme interés, pues considero que, lejos de ser un género de evasión o mero entretenimiento, la literatura de lo sobrenatural, en el caso particular de las distopías, plantea verdaderos cuestionamientos al poder político imperante en el momento de su escritura. Si me permiten, compartiré con ustedes una especie de morfología de la distopía novelística que fijé a partir de esta novela, Eugenia. Esbozo novelesco de costumbres futuras, publicada en 1919.

la descripción del Estado gobernante y su organización; las divisiones socio-económico-culturales existentes entre la población; la descripción de las costumbres de sus pobladores, emanadas de esta organización; los mecanismos de control de las necesidades básicas del hombre, como la sexualidad y la reproducción, o de la satisfacción fisiológica o psicológica de los individuos (alimentación y provisión de estupefacientes); descripción de los insumos que facilitan la vida cotidiana del futuro (mobiliario, aparatos de uso común, espacios de actividades diversas); la existencia de disidentes y las consecuencias de una ruptura del orden establecido. Y el lugar de los intelectuales y artistas en ese ámbito muchas veces hostil para el desarrollo de sus actividades.[3]

El último de mis trabajos, digamos, teórico-críticos es “El personaje y lo sobrenatural en lo fantástico y géneros cercanos”, que presenté en el II Coloquio de Literatura Fantástica en Montevideo, publicado en la revista Tenso Diagonal de ese país. A partir de la estructura de oposiciones de Todorov, establecí una primera serie de personajes: 1) el humano en relación con lo sobrenatural; 2) el sobrenatural en relación con el humano y 3) el humano marginado de lo sobrenatural, aquél que no percibe el fenómeno sobrenatural y contribuye o no a validar la existencia del fenómeno. Rosalba Campra aportó el señalamiento de que en el relato conviven tres planos: las experiencias previas, los sentidos y la verdad “científica”. En un momento dado, se produce un choque entre esos planos y sólo uno es afirmado como verdad: De esta manera, la categoría de “verdad” amplía las posibilidades de clasificación del personaje. Por ello, Campra expone cinco posibilidades de afirmación, confirmación y reconocimiento, aunque sólo tres de ellas involucran al personaje: 1) Personaje y narrador afirman la existencia de lo fantástico (como en el “realismo mágico”); 2) Personaje y lector reconocen tal existencia; 3) el personaje es el único que afirma el acontecimiento fantástico; el destinatario (lector) y el narrador son incapaces de confirmarlo. Esto me llevó a las siguientes clasificaciones:

1) El personaje enfrentado a lo sobrenatural que llega a convertirse en una entidad sobrenatural.

2) El personaje intermediario entre los planos humano y sobrenatural: el mago o médium.

3) El ser sobrenatural anclado en los parámetros de referencias de la vida y la muerte: el no-muerto y el no-vivo. El no-muerto tiene el rasgo de conciencia de la vida: es el caso del vampiro y el fantasma, seres con memoria, capacidad de comunicarse y de urdir planes para obtener sus propósitos. El no-vivo carece de esa conciencia: el zombi es la realización de ese aspecto de la muerte.

4) El monstruo, noción referida a aquel ser de características, asumidas como negativas, ajenas al orden regular de la naturaleza o a una naturaleza alterna, a menudo hostil.

5) Por último, el demonio, representación del mal y deidad negativa, fuente de otros seres monstruosos e igualmente malignos.[4]

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Volviendo a mi obra creativa, puedo afirmar que veo dos ciclos en mi proceso de escritura literaria: el de “Mis amigos imaginarios” que incluye La verdad sobre… y Postales…, además del realista: De transgresiones y otros viajes. El siguiente podría llamarlo “Aquí debería estar tu nombre”, pues estaba más conscientemente interesada en los personajes, en sus preocupaciones, pasiones y las consecuencias de ellas, que en el efecto. Incluye los libros La sal de los días y El infierno de los amantes. Si bien ya no hubo una dirección en términos de género, sí me planteé, en La sal… el reto de escribir a propósito de cada día del año. El santoral, las efemérides, los cambios de estación, la fecha de muerte de autores relevantes para mí, resultaban en evocaciones con posibilidades narrativas. El manejo de lo sobrenatural ya era algo, paradójicamente, “natural” en mi estilo y lo dejé salir libremente. No hay mes en que no aparezcan por lo menos cinco o más textos con aspectos sobrenaturales.

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Simultáneamente, escribí el libro El infierno de los amantes, en el que el propósito, al utilizar lo sobrenatural, fue claramente metafórico. Lo importante no es cómo puede un muerto narrar su vida, sino qué podía narrar: la relación entre un padre y un hijo, el determinismo de crecer en una familia disfuncional y desestructurada. Lo mismo puedo decir de los relatos sobre la escritura: veo la escritura como un continuo avistamiento a una especie de sobrenatural. He experimentado esa “posesión” de la que hablaba Aristóteles: algo casi ajeno a mí parecía dictarme; me ha ocurrido que creo leer una historia y, años después, la relectura me revela un texto totalmente distinto. Acercarme al proceso creativo de otros, mediante los talleres de creación, que comencé a dar hace más o menos cinco años, fue también una experiencia casi cercana a lo sobrenatural: escritores que hacen de un texto mediocre un relato excelente, o que hacen de una versión inicial de un relato un trabajo totalmente distinto. Esa es la premisa de “En el taller”. Y del amor, lo mismo: lo sobrenatural parece flotar entre los amantes, en la coincidencia del encuentro, en el surgimiento de pasión y en la ruptura, en las múltiples posibilidades que supone el amor de pareja, y esas posibilidades las expongo mediante los universos paralelos de “Estaciones”.[5]

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Si insisto en la idea de lo sobrenatural como núcleo de lo fantástico es porque es el elemento presente en todas las teorías sobre esta forma literaria: un personaje, una situación, un recurso o un ámbito pueden pertenecer a la categoría de lo sobrenatural. Un elemento susceptible de ser señalado y analizado en un plano textual. El término “sobrenatural”, morfológicamente, implica la distinta naturaleza del fenómeno, y representa lo que no es susceptible de presentarse en la realidad, a diferencia de términos como “insólito”, “inexplicable” y otros. La teoría, para analizar el texto a partir de ese elemento, ya será determinada por el crítico en función del relato. El autor siempre hace notar lo sobrenatural en el relato, incluso si crea todo un mundo ajeno, como en la ciencia ficción o los universos alternos: describirá con detalle para instalar al lector en ese mundo desconocido.

Y con esto cierro esta charla. Reitero mi agradecimiento por la invitación al Seminario de Literatura Fantástica, coordinado por la Dra. Alejandra Amatto, que me dio oportunidad de realizar este recuento de mi trabajo.

 

 

[1] Seguir leyendo en:

http://fuenteshumanisticas.azc.uam.mx/index.php/rfh/article/view/414/400

[2] Seguir leyendo en:

http://adrianaazucenarodriguez.com/hola-mundo/

[3] Seguir leyendo en:

https://andamios.uacm.edu.mx/index.php/andamios/article/view/64/61

[4] Seguir leyendo en:

http://www.tensodiagonal.org/TD04/TensoDiagonal04-ZC-Rodriguez.pdf

[5] Seguir leyendo en:

http://adrianaazucenarodriguez.com/el-infierno-de-los-amantes/

http://vozed.org/cuento/infierno-los-amantes/