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Presentación de Las musas perpetúan lo efímero. Antología de Microrrelatistas mexicanas, compilación de Gloria Ramírez Fermín

Adriana Azucena Rodríguez

Desde Perú llega, por fin, una antología que era más que necesaria en una ya sólida trayectoria (incluso podríamos hablar de tradición) de la minificción mexicana. Además, se tiene la fortuna de que la compiladora sea una especialista con el conocimiento suficiente de muchas de las voces que en este momento se hacen visibles a través de la escritura en revistas, talleres, blogs y antologías, además de libros publicados. Igualmente, la compiladora ha contado con la paciencia para reunir los textos, entablar comunicación con las autoras dispersas en diferentes estados del país y más allá de las fronteras, realizar los trámites, nunca gratos, de derechos y registros. Esa compiladora es Gloria Ramírez, cuyo esfuerzo nos convoca a esta celebración, así como nos convocó a ocupar un lugar entre estas páginas. Hablemos, por fin, de Las musas perpetúan lo efímero. Antología de microrrelatistas mexicanas, y de los umbrales que nos invitan a pasear por estas habitaciones propias de escritoras: un prólogo y una presentación que antecede los 84 textos que conforman la antología.

Gloria Ramírez tomó una serie de decisiones que evidencian su formación y preocupación constantes en el género: opta por el término “microrrelato”, discute las razones que justifican su definición y límites, señala las temáticas que agrupan su selección —la deshumanización del sujeto, las mitologías de la creación, subversión de historias, erotismo y sensualidad, cuadros maritales, monólogos interiores o juegos verbales, entre otros—. Sin embargo, tampoco se trata de agobiar al lector, por lo que se agradece que limite lo que podría ser su proyecto de posdoctorado para concluir una introducción a tiempo.

Como Gloría tiene la amabilidad de mencionar, escribí un artículo sobre las primeras autoras de minificción que, a partir de los años ochenta del siglo pasado, habían publicado por lo menos un libro dedicado al género; o bien, que habían incluido este tipo de texto en libros de cuento: Martha Cerda, autora de Juego de damas, Silvia Castillejos, autora de Debe ser una broma, Ethel Krauze con Relámpagos, Edmée Pardo, con Rondas de cama, Yolanda Zamora, con A la hora de las brujas, la luna…, Matilde Pons, autora de Sólo para intelectuales y algunos más. Es decir, para finales del siglo pasado, la minificción contaba con unas diez autoras. Pero también conté en la revista El Cuento alrededor de cien escritoras, seguramente no todas mexicanas, la mayor parte aficionadas y otras que llegaron a ser escritoras profesionales, que durante cuatro décadas participaron en las secciones de “Caja de sorpresas” y “Minificciones”. También me fue posible constatar que la publicación de libros de minificciones escritos por mujeres sería un proceso largo y progresivo que comenzó con la inserción de algunos textos en libros de relatos tradicionales y culminó con volúmenes completos dedicados al género. En esa lectura concluía que, en esos primeros años, el microrrelato escrito por mujeres tendía hacia esa vertiente del humor y el feminismo que favorecía el establecimiento de estructuras: el planteamiento de un asunto relacionado con la problemática de las identidades impuestas a lo femenino (por ejemplo, la estética, el matrimonio, la soltería) para dar un giro inesperado que resuelve de forma irónica el planteamiento:

Doctorado

La maestra Rosen ha trabajado más en los últimos quince días para presentar su examen por el doctorado en Filosofía, por los trámites, cartas, memorandos, requisitos, expedientes y oficinas, que en los últimos quince años que le costó la tesis. Está mentalmente agotada y la voz le sale pastosa, incoherente. Ansía terminar cuanto antes para dedicarse a ver las telenovelas que tanto disfruta.

Ethel Krauze, Relámpagos, p. 21.

Si bien ese modo de estructurar un microrrelato alcanzó logros memorables, me parece que, en esta nueva antología, estamos ante evidencias de búsquedas constantes de las escritoras más recientes; también que las autoras reunidas muestran que la minificción —voy a referirme así a los textos, pues sostengo que no todos responden al de microrrelato— escrita por mujeres está plenamente diversificada. Por ejemplo, el erotismo ya está mucho mejor asimilado: ha trascendido la culpa o bien esa disolución da pie a los acontecimientos de la trama.

El silencio vuelve pesada la lengua de Jorge y lentos hasta el cansancio cada uno de sus pasos, se deja llevar por su esposa y por las caderas de una desconocida. Los tres sortean las mesas hasta entrar a un cuarto de ventanas sin cortinas, un único sofá corre a lo largo de las paredes, donde cinco mujeres atienden a cinco hombres. Susana se acomoda entre dos hombres e indica a Jorge su lugar. La desconocida monta a Jorge y él, hipnotizado por el ir y venir de los pezones, intenta desviar los ojos, concentrarse en su esposa, pero ella suelta los hilos de la tanga roja como si desatara las cintas de un moño.

Maritza Buendía

Las referencias a la divinidad y su relación con lo femenino, temas universales, siguen presentes en muchos de estos textos: para cuestionar la supuesta omnipotencia masculina y la supuesta maternidad universal. Incluso, se llega al tratamiento del absurdo para recrear aquellas ceremonias en las que se suele imponer a las mujeres situaciones desventajosas. Judith Castañeda, con “Creatura”, Úrsula Fuentesberain en “Tesis sobre el fin” o Marcia Ramos, “La niña que soñaba con el viento” son ejemplos de este planteamiento.

Por supuesto, también está la presencia frecuente de los elementos de lo sobrenatural, ese modo de crear fantasmas, países de fantasía mediante las palabras.

Hija única

Mi madre decidió que yo sería hija única. Sin hermanos, y con gran dificultad para relacionarme con otros, un día inventé a mi amigo imaginario. Sólo con pensar en él podía traerlo a mi lado y olvidar por algún tiempo la soledad en que vivía. Algo parecido a lo que le pasó a mi madre, cuando se enteró de que no podía tener hijos.

Paola Tena

Pero también se logran recrear los aspectos más detestables de la sociedad y denunciar que aún son las mujeres uno de sus componentes más vulnerables: las maquilas, los ámbitos de miseria; la violencia de género aparece con una contundencia dolorosa pero solidaria desde la mirada de la narradora. Gabriela Conde deja entrever sólo lo suficiente para que el lector concluya las acciones e intenciones de los personajes; Queta Navagomez, Amelie Olaiz y Elizabeth Pérez también recrean situaciones opresivas con tintes de denuncia y deterioro psicológico.

Encuentro también que las minificciones se enfocan más en la argumentación, la definición, el aforismo, que son parte fundamental del género. Creo que también hay un desprendimiento de esa idea de que la minificción es, obligatoriamente, humorística, de ocurrencias más o menos graciosas.

Así, sin “cultas damas” ni “mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas; las mujeres reptiles de labios fríos y ojos zarcos; las mujeres asnas, perdición de los hombres superiores” ni “mujeres del prójimo”, celebro con profunda alegría este tipo de antologías que favorecen la discusión y la destrucción de esos estereotipos de lo femenino. Sé que esto apenas comienza y que tendremos cada vez más materiales de estas autoras, en sus libros futuros y en antologías que ya se encuentran en la imprenta. Nos volveremos a encontrar muy pronto, y será maravilloso.

 

 


Un reflejo en la penumbra de Fernando Sánchez Clelo: minificción negra/novela fragmentaria

Adriana Azucena Rodríguez

El libro que hoy celebramos me atrajo en varios sentidos: su cualidad proteica, la particularidad de su género y, claro, lo que representa en el proceso de desarrollo creativo de su autor. Comencemos con la estructura. Se trata de una novela creada a partir de textos unitarios encabezados por un título. Textos unitarios ligados entre sí por el personaje del detective, Buck Spencer. El lector, mediante los nombres y las características y situaciones de los personajes, que son los puntos de conexión planeados por el autor, debe establecer la secuencia de los hechos, no olvidar quién es el Cerdo Harry, la señorita Daley, el anciano Zogan, abuelo de Adriane Zogan, el Adivino Merkel y muchos otros personajes que desfilan por la obra.

Pero también debe leer el texto como estampas, anécdotas, microrrelatos o mini y microrelatos que deberían resultar independientes entre sí. Algunos presentan un final cerrado, otros un final abierto. Hay textos que parecen tener un final cerrado pero cuya acción será retomada más adelante. Si en el primer episodio-cuento Buck niega la existencia de un pasado antes de ser detective, en otro sale a cuento la infancia que su padre destrozó, su adolescencia en los callejones y los días en la correccional. Nos enteramos también de la venganza que quedó a deber a su padre en la tercera parte. Estas licencias podrían resultar una cierta contradicción si el texto no tuviera el doble valor fragmentario y unitario.

Este tipo de novela es como esos experimentos de percepción: el conejo que es un pato si se mira desde cierto ángulo. No obstante, una percepción entorpece la otra: será difícil ver simultáneamente un libro de relatos y una novela. Creo que cada lector, en distintos momentos, adoptará una percepción que aplicará a la obra.

A diferencia de novelas como Cartucho, La feria o Pedro Páramo, en que la minificción no se contemplaba como un género, en este caso la obra llama la atención sobre sí como un conjunto de minificciones encabezadas por títulos y subtítulos, el modo en que los libros de minificción reciente han sido organizados. Y, para no descuidar su identidad de novela, sigue un modelo con pautas que no pueden omitirse.

Primera llamada

[…]

En esta obra de teatro cada quien escribe su papel protagónico; en su actuación, las personas se quejan de la vida porque olvidaron lo que eligieron ser, no recuerdan las escenas del guión, se vuelven lo que más odian: los poetas ahora son empresarios; los filósofos, periodistas corruptos; y los santos son telepastores.

—Necesito de usted detective. Encuentre al asesino de mi esposo —dijo la mujer de silueta de reina egipcia al abrir intempestivamente la puerta.

Es hora de joderme la vida.

El género que eligió el autor, o que lo eligió a él, la novela negra, queda evidenciado desde el principio, con los atributos del detective de Dashiel Hammet: el despacho sórdido del detective privado, el sombrero y la gabardina, las solicitudes de investigación que abren la acción, y, por si quedaba alguna duda, la inserción de un capitán Filiberto, evidente alusión a Filiberto García, el ya mítico héroe de Rafael Bernal. En este sentido, el texto deberá seguir una fórmula: una serie de asuntos que se entrelazan entre sí: el asesinato de Adriane Zogan, el asesinato del señor Murray y otros caso que irán apareciendo, así como la amenaza constante sobre la vida de Buick.

El héroe dentro de los márgenes de crueldad en que debe ejercer su oficio, el de detective y vengador, mantiene una ética inamovible: acepta casos sin paga sólo por la necesidad de justicia, cumple los cometidos que le encomiendan: sin la distancia lógica del detective sherlockiano sino acudiendo a los sitios donde los criminales se encuentran o donde vivieron. No se involucra emocionalmente pero no renuncia a su código y confía en su suerte, al igual que los demás personajes.

La atmósfera del relato tiene entonces que funcionar al igual que la ya mitológica de Dashiel Hammett: una ciudad sombría ajena a la locura de la novela del narco cuyos excesos verbales y de violencia hacen que se agradezca una novela como Un reflejo en la penumbra, con su ambiente de ciudad norteamericana antigua y sombría, de magnates tabacaleros y mafiosos de férrea tradición familiar.

He tenido oportunidad de leer dos libros de Fernando Sánchez Clelo: Ficciones a contrapunto y No se acaban las calles, minificciones y cuentos de extensión tradicional, en ambos casos, era evidente la preferencia del autor por el realismo. Sin embargo, en esta nueva propuesta, accede a otras categorías y se convierte en un mago, por lo menos en sueños; o en ciertos recursos de lo fantástico: Zogan muere por una ráfaga de plomo guardada en la memoria, o su adivino Merkel ve el futuro en el vapor del café. En la evolución creativa de Fernando, ya se incorpora este elemento novedoso: la inclusión del mundo de lo sobrenatural a un género que, tradicionalmente, lo rechazaba, incluso en sus realizaciones más vanguardistas.

Un caso mágico

—Detective, mi asistente… Mi esposa desapareció durante el espectáculo de magia. No la encuentro.

[…]

—Ella se esfumó en el truco del Sarcófago del Faraón. La encerré, hice mi pase mágico y ella se esfumó, pero cuando dije alakasam, ella no apareció.

—Espere, ¿qué palabra pronunció?

—Dije alakasam, cuando ella…

—Es el error común que cometen los magos novatos —interrumpió—, lamentablemente, la solución trae su anomalía.

El detective se levantó del sillón, caminó hacia el mago, le quitó el sombrero de copa e hizo un pase mágico al pronunciar la palabra que reverberó en las paredes: abracadabra. La chistera se agitó velozmente, resplandecían luces blancas y azules. De repente, de su interior, se asomaron unos tobillos de mujer, luego unas piernas torneadas, la cintura, al final el sombrero se reventó y un golpe de aire arrojó a Buck y al mago en un torbellino de papeles. Entre destellos de lentejuelas azules, apareció una chica morena en leotardo. El mago abrazó feliz a su mujer. Sontó un fajo de billetes sobre el escritorio, demasiado dinero para ser real. “¿Un caso con una buena paga, sin sangre ni muertos? Debe ser un sueño”, pensó el detective. El dinero y los muebles se fueron desvaneciendo lentamente; al voltear para ver a la pareja, Buck despertó.

Recostado en el sofá de su oficina, sonrió por el sueño ridículo. Recordó la última imagen, la pareja alejándose por un pasillo estrecho y ella arrastrando unas largas orejas de conejo.

Lo sobrenatural subraya el valor de ficción de los supuestos géneros realistas. Una vez más, la hibridación clásica de la minificción enriquece los modelos tradicionales, en este caso sin alterar los principios del original, pues se trata de un sueño. O embellece la prosa que, en la novela negra, suele resultar árido en su realismo gris:

—Despeje su cabeza, los recuerdos pueden matar —le dijo Buck, quien inclinó el ala del sombrero sobre la cara y salió. El mayordomo cerró la puerta.

Con el tiempo fluyendo lentamente, el viejo recordó la ráfaga de plomo reventando los cristales del ventanal en cámara lenta, atravesar el comedor hasta clavarse en la espalda de su nieta Adriane que lo abrazaba en ese momento: sintió nuevamente las manos cubiertas de sangre. La evocación le hizo apretar los puños y los dientes con furia. Rugió de coraje. Su cuerpo tembló y el viejo Zogan se lanzó contra el recuerdo hiriente de la ráfaga de balas que en ese instante le destrozaron los pulmones.

La muerte del anciano no la pudo resolver ni el detective Buck.

Junto con estos episodios, la novela hace un último llamado a la ficción: las llamadas del teatro que señalan que el ciclo del detective literario es, en buena medida, una puesta en escena de un modelo que se consolida en sus repeticiones y que, en esta ocasión, tendrá un desenlace que posibilita la suposición de continuidad de las aventuras del héroe en una probable próxima entrega. Por lo pronto, estamos ante un caso de un experimento bien logrado que vine acompañado de otras propuestas de minificciones para novelar, como Anatomía de una ilusión de Javier Perucho. Fernando Sánchez Clelo da continuidad a su estilo y hace evidente que no teme al riesgo, cualidades que los géneros breves no deben descuidar si intenta, como un detective, llegar a revelar misterios siempre con la amenaza anunciada de su desaparición.

 

 


El origen perdurable

Adriana Azucena Rodríguez

 

“Madre hay una sola”

“Con mi madre no te metas”

 “Mi madre lo dejó todo por mí”

“Mi madre siempre se sacrificó por todos”

Eva, Ifigenia, María, Tonantzin Guadalupe, La Llorona… Y aquí estamos, hablando de la maternidad, ese un conjunto de prácticas sociales. El origen perdurable, es otro ejemplo de tales prácticas. Fernando Sánchez Clelo volvió a acertar en la convocatoria a esta nueva antología que da cuenta de la paradoja de la maternidad: una mujer ante una sociedad incapaz de solidarizarse con ella o con el menor, una familia que se fragiliza y la exaltación del individualismo. En esta contradicción, el desarrollo del niño parece ser posible sólo a costa de la inmolación materna.

Trece relatos en los que predomina la visión masculina: cuatro participaciones de escritoras y nueve de escritores. No creo que se deba imponer una “cuota de género”: es interesante observar el tema desde esa perspectiva masculina.

Miguel Ángel Rascón opta por el ambiente revolucionario para su cuento “Soldadera”, una protagonista casi niña, dos hijos de la Revolución, padres demasiado jóvenes para la guerra, una asimilación de la violencia. El círculo que, esperanzadoramente, sólo la madre puede romper, en completa soledad e indefensión.

“Ya probaste hombre, ¿verdá, gatita?”, le había preguntado Toña meses atrás, mientras lavaban los uniformes hediondos de los federales […] Ágata se chivió, pero dijo que sí, encogiéndose de hombros: “Desde con mi José, en el tren” (88)

“A la memoria de Bernadette”, de Judith Castañeda es un cuento de incesto en un mundo cercano a la ciencia ficción o de secta religiosa. Dos madres y un padre, una religión pre-evangélica: el ambiente ambiguo parece una metáfora del deterioro de la relación familiar a causa del impulso sexual.

Y las hijas de Lot concibieron de su padre, dijiste, las caderas de Bernadette retrayéndose bajo las tuyas, y se levantó la menor, y durmió con él, dijiste, tu mano en viaje a lo largo de su espalda, la suya inmóvil, crispada, y dieron a beber vino a su padre aquella noche y entró la mayor, y durmió con su padre, dijiste…

Y es que la sexualidad es una temática constante en este libro. Por más que se trate de idealizar la figura materna, ésta se define precisamente con un ejercicio de la sexualidad, sea o no consensual. Mientras que los discursos hegemónicos, estancados en Denise de Kalaf y La rosa de Guadalupe, aún hoy “asexulizan” la maternidad. Eso es algo que hay que destacar de este libro.

Así, “Luz velada” de Juan Rivas sigue esta línea: la orfandad y el surgimiento del erotismo se combinan en una historia en la que los hijos aparecen muy poco. El hijo puede ser un personaje incidental, lo relevante es la conciencia, la maduración del personaje femenino a través de la muerte y la amenaza de la atracción física.

Regresó a casa movida solamente por el pensamiento repentino de sus dos hijos pequeños. Desde ese momento no pensaría más que en ellos. […] Sintió mucho frío. Se llevó las manos al rostro y lloró por su Raúl. Por las vejaciones de don Pancho, por madre, por su padre. Por el frío que la acompañó desde que nació… (74)

José Sánchez Carbó ofrece el cuento “El maldito amor de mi abuelita”, que trae un nuevo modelo materno: la abuela como figura de la madre sustituta, que hace evidente el temor a la indefensión del hijo ante la madre, aunque él sea un adulto y ella una anciana.

Mi mayor temor nace cuando abre su maliciosa boca para contarle a las visitas, mis invitados, lo más vil de mí. Inventa historias escalofriantes. Las convence de que soy el nieto salvaje que sólo quiere mata a su débil abuela para apoderarse de una herencia inexistente. (66)

“Una forma privada de volver a casa” de José Luis Prado es un cuento sobre la muerte de la madre, un símbolo de aprendizaje e iniciación.

Esta no es la historia de un viaje geográfico; se trata, sin embargo, de un viaje en el tiempo en el que la ausencia traza las líneas hacia un destino que se dibuja incierto. El trayecto de la memoria es el recorrido que uno hace para entender lo que es. (63)

“La gestación del trueno”, de Gregorio Cervantes Mejía, opta por el tratamiento mitológico de la madre vinculado a la tierra y al cielo como el padre, con la anciana de intermediaria en esta relación universal de la los hombres son un reflejo.

Pero me temo que el exceso de seriedad también está muy asociado al tema de la maternidad. Por suerte, esta antología incluye dos experimentos lúdicos: la cadena de aliteraciones “Acta fatal para mamá”. Y sí, la letra “a” es materna: abierta, justo para el grito y la carcajada de esta madre con mala suerte. El otro ejercicio es la farsa en un acto, “Regreso a casa”, una nueva apuesta de Fernando Sánchez Clelo, siempre en busca de innovaciones técnicas para comunicar sus historias alucinantes: en este caso, la sustitución de la madre por la esposa.

Azucena Franco, en “La guerra”, pone sobre la mesa el hecho de que lo que ha nutrido nuestra mitología materna es, en gran medida, la ausencia del padre. El feminismo ha hecho notar que la exaltación del individualismo dejó al hombre la permisión de no sujetarse al cuidado de los hijos, obligación que consignó a la mujer. La paradoja es que el hijo repetirá el patrón de ausencia que su condición de hombre no sólo le permite, sino le impone. Pero, si los hombres siguen los modelos, también el abandono materno puede repetirse entre generaciones, para exponer la fragilidad del hijo en caso de que la madre renuncie a la imposición del cuidado.

Amélie Olaiz continúa en la línea de la relación entre madres e hijas, tal vez una relación aún más complicada por la rivalidad femenina. El campo de batalla, la cocina, las armas de cada una, las recetas y lo esponjoso del resultado. Y el objeto disputado, el varón, su cariño. Al final, la sabiduría conquistada permite el desarrollo de la hija, estacionada en el pasado, incapacitada para la madurez, como “El último grumo”, título del cuento.

Lo fantástico no podía faltar. Alejandro Badillo ofrece “Una aventura en el pasillo”, un cuento de lo sobrenatural: el hombre adulto fuera de la casa materna: ¿es adulto afuera y en el interior es siempre un niño? ¿O el adulto será siempre un niño cerca de su madre?

Tal vez no sea El origen perdurable el mejor regalo de Diez de Mayo, una fecha que, como recuerda el cuento “Empezando por la nuestra”, está plagada de discursos sobre la abnegación de la progenitora frente a la culpabilidad de los hijos; sobre la gratitud hacia la madre y el reconocimiento de la ingratitud.

La exaltación de la figura materna que renuncia a sus posibilidades a favor del cuidado de los hijos, la sustitución de los hijos por cualquier individuo incapaz de cuidar de sí mismo o incluso la sustitución de los hijos por el orden cósmico, el equilibrio de los fenómenos naturales. Por eso, creo, siempre se agradecen libros como este, en medio de los contradictorios imaginarios acerca de la maternidad, es necesario crear relatos alternativos, discursos que den visibilidad a las otras opciones del mito materno.

 

 


La Habana de los Diego

Adriana Azucena Rodríguez

Universidad Autónoma de la Ciudad de México

Al inicio de este año, asistí a una peculiar reunión familiar. Conocí en La Habana a la autora de El reino del abuelo, Josefina de Diego, hija de Eliseo Diego, poeta al que leí con asombro y pasión en la universidad y de quien no tengo libros, pues todos los regalé a quien me inspiraba simpatía: estaba convencida de que daría consuelo a la alumna que había perdido a su padre, de que le enseñaría a escribir a algún amigo, poeta fallido. Y un día, veinte años después, me hallaba en su biblioteca, en El Vedado. Sólo me atrevía a acariciar los lomos, a acercarme a algunas etiquetas que el poeta les había pegado: “En Londres con Bella”, anotaba. En la librería Universitaria de la calle Obispo, compré un montón de libros, previa consulta con la generosa Josefina, Fefé, que me acompañó un día al centro. Encontré un par de títulos de Eliseo Diego, uno de ellos es Versiones. Al despedirnos, Josefina me obsequió un ejemplar de El reino del abuelo. Ya en México, en una librería pequeña hallé, La novela de mi padre, de Eliseo Alberto. Así acudí a la reunión que la casualidad —“el andamio argumental de las coincidencias”, frase de Eliseo Alberto— preparó a través de estos tres textos, entre los que se crea un diálogo familiar y literario en que todos parecen hablar como lo hacen las familias: con sus distintas versiones de los mismos hechos y sus particulares estilos, pero con un dialecto compartido, a veces casi privado.

***

“¿Te acuerdas, mi hermano…?”, así inicia El reino del abuelo, un relato en torno a la casa de la familia burguesa de migrantes españoles, Villa Berta: la recreación del mundo feliz de la infancia. A través de la prosa fresca, llena de intuición poética de Josefina de Diego, pulida en la lectura de la traductora, en la vigía de las cartas y manuscritos de sus padres, en la observación crítica pero profundamente amorosa de la historia de su país y de su patria. A través de esa prosa, continúo, la autora hace de esos recuerdos los recuerdos del lector, revela verdades intuidas —pues eso es la memoria—: “los jardineros conocen el lenguaje de las plantas, y también el de los animales. Y han existido siempre y siempre existirán, porque son los encargados de cuidar que no se quiebre el frágil vínculo entre el hombre y la sabia amabilidad de la naturaleza” (36).

Eliseo Diego, curiosamente, no es el protagonista de estas memorias, pero es un extraordinario personaje, el creador de un mundo breve, cíclico: el nacimiento que, como Carlos Pellicer, montaba cada año. “El aroma de las Navidades lo inundaba todo. La casa olía a pesebre y a mandarinas. Nuevas estrellas aparecían enredadas en las puntas de los pinos del jardín. Era el momento de abrir las cajas polvorientas que habíamos guardado el año anterior en el garaje” (16). Entonces el padre inauguraba ese mundo fijo, inamovible en aquellas épocas de cambios irrefrenables, de la narración bíblica: “Todos los años siempre igual—quizá un poco más pausada su voz cada año— papá nos contaba cómo había sido, cómo había ocurrido todo: la Visitación a María, la Huida a Egipto, la Anunciación a los Pastores, el largo camino de los Tres Reyes Magos, el pesebre con el Niño […] Las figuras comienzan a moverse. La voz de papá, cansada, jadeante, atraviesa el tiempo” (31-32).

La escritora, la hija, comprende a su padre, el escritor: “Muchos años después encontré esa perfección y esa pulcritud en sus poemas. Y entendí por qué sus manos de niño grande construían el Nacimiento y los campos de batalla con tanto cuidado, con tanto respeto” (57).

***

En el departamento de El Vedado, Eliseo Alberto me miró desde la fotografía de su novela Informe contra mí mismo. Su hermana colocó en un portarretrato tres fotografías de las novelas de su hermano, en esa novela, aparece una foto del joven característicamente cubano: guapo y desafiante. Yo desconocía el parentesco de ambos Eliseos. Es natural: el hijo se resiste a ser el escritor a la sombra de su padre, reflexiona en alguna caminata Josefina de Diego. En la portada de La novela de mi padre, el joven es un niño de aspecto travieso, feliz, a la derecha de sus dos hermanos y, a sus espaldas, el legendario y enorme Nacimiento. El relato viene precedido de un prólogo en el que incluye esa novela inconclusa: “Las ilusiones son iguales a los recuerdos, amigo mío. Sólo que aquellas se arraigan en lo que llamamos futuro y no en el pasado” (26). ¿Es casualidad la alusión al recuerdo y la evocación de un “amigo mío” del padre y un “mi hermano” de la hija?

Las coincidencias entre el texto de Josefina y el de Eliseo no son casualidad, por supuesto: ambos refieren la infancia en el mismo sitio. Pero Eliseo Alberto inicia su recuento con la muerte del padre, una muerte postergada, con sus pincelados de ironía y humor. Menciona, por ejemplo, unas fallidas últimas palabras, pues el declarante no moriría inmediatamente después de pronunciarlas: “Quieran mucho a su madre, quieran mucho a su país…” (35). Cuando relata la muerte definitiva, describe a detalle el exceso de pompa diplomática en el traslado del cuerpo de la Ciudad de México hacia La Habana.

El escenario de la novela de su padre es Arroyo Naranjo, y una casa con marcadas similitudes con Villa Berta, la casa del abuelo, migrante español, donde crecieron su hijo y luego sus nietos, el mismo sitio de El reino del abuelo. Ambos hermanos coinciden en que el padre fue un niño solitario que debió crecer prematuramente, hasta que la infancia de sus hijos le devolvió su propia niñez: los libros infantiles que tradujo para leer a sus niños y los juguetes con los que él también jugó.

Fefé me llevó a la “casa de la calle E #503 entre 21 y 23”, reducida pero de techos inmensos, donde los adolescentes De Diego vivieron después de (por mandato de) la Revolución y se hicieron adultos; ahí llegaron a habitar diez personas. Fefé me señala la sala, el sitio más ventilado de la casa: fue el estudio del padre; la terraza: el lugar de reunión de los amigos de los tres hermanos, pero también de los jóvenes admiradores de Eliseo Diego: “no hubo en La Habana de fin de siglo un poeta tímido, triste, solitario, pretencioso, suicida, de tierra adentro, crítico, jodido o altanero, no hubo en la ciudad una poeta provinciana, melancólica, eufórica, de ojos claros o de ojos pardos, de jeans o minifalda, desesperanzada o coqueta que mi padre no recibiera con los brazos en cruz y les regalara horas de amena conversación” (135).

La Habana, como la obra de los Diego, es la capital de la nostalgia que se instala en las oquedades de sus casonas, en los balcones de herrería, en los automóviles soviéticos que transitan por unas calles de nombres viejos, en la heladería Coppelia. No de la nostalgia de lo que era antes de la Revolución, sino una nostalgia más antigua: la de la infancia perdida, la de la patria que se quedó atrás, en Europa o en África, la de vivir a la orilla del mar.

***

Llego al pasaje donde el hijo habla de ese libro que releeré en el vuelo de regreso a México: “A mediados de los sesenta da a conocer un libro sencillamente mágico, Versiones, joya de prosa poética (papá odiaba el concepto “prosa poética”, pero no se me ocurre otro menos académico) que había escrito a lo largo de muchos años […]. No me canso de volver a Versiones. Cada lectura borra la anterior: el libro se rescribe en su reposo. Es un mapa, un mapa que uno debe deletrear para descubrir realmente lo que esconde. Y lo que esconde es su propia sabiduría –o dicho de otro modo: su bondad. […] Si bien los temas que preocuparon al poeta Eliseo Diego abarcaron un amplio espectro de obsesiones (la muerte, las cosas, lo eterno, lo innombrable), tengo la impresión de que su narrativa nace invariablemente de una experiencia íntima, una vivencia, un azoro” (116). Versiones se mueve en esa época del poema en prosa y la minificción en que aún van entrelazados.

Alberto, novelista, ve en este libro una prosa poética pero también una narrativa de la experiencia íntima. No hay, casi, personajes que encarnen una trama, con algunas excepciones: un niño solitario que se asoma de vez en cuando, como en “La penumbra”, en una casa que resuena a Villa Berta antes de la familia feliz y las reuniones de amigos: “de madera verde, con un corredor airoso rodeándola en cada uno de sus dos pisos. Tiene delante un jardincillo en ruinas, y aun la alcanza, desde la carretera, la sombra de los grandes árboles de la Colonia” (20). Este niño solitario, cierta tarde, “cruza solo a la casa pequeña y pega su cara a los cristales. Allí dentro todo está quieto, aunque afuera el aire mueve los grandes árboles de la colonia” (20). Ese personaje de niño solitario, que recuerda al padre evocado por sus hijos, huye ante la visión: “Y de pronto el niño ha huido, porque ha visto abrirse una puerta allí en el mundo de vidrio, y la mano dorada de Maud, la jamaiquina regia, sobre el pomo dorado de la puerta” (20). Alusiones al mundo infantil que habita mundos de ficción: “Derrúmbase el gran tiempo con la lanza de Héctor; lo ha devorado el polvo de la playa. Pero el tiempo pequeño sobrevive, y se asoma solemne a la lámina, negra su boca redonda, como un pobre niño tonto que sonriente conmueve” (“La vasija”, 23). La fantasía de estas Versiones, en general, recuerda al niño: “El mayor de los dioses cabe en la palma de tu mano”. Sugiere el contraste entre la grandeza divina y una mano pequeña, en la que “Muy suavemente debe hacerse lugar, por miedo a que, dormido como estás, no vayas a cerrar los dedos” (“Entre las sillas rotas”, 26).

No puede faltar el Nacimiento que, como el de Villa Berta, se expande en sentidos simbólicos desde la pluma del padre: “El tiempo del Paraíso es el Rey Mago de barro que está en los Nacimientos. Y el tiempo del Infierno es el Rey de la baraja” (22). Versiones es una serie de reflexiones sobre el destino —recreado con frecuencia en las cartas de la baraja—, la suerte, pero también la muerte: “La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver”. Las fotografías, tan apreciadas entre los Diego, cuidadosamente tomadas por Bella, resguardadas y anotadas en los álbumes que resguarda Josefina también son un motivo para recordar que “la muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer” (“Versiones”, 41). La muerte postergada que, como el hijo, el padre mira con una cierta ironía: “Pide un poco más, y la muerte dice que está bien. Arguyendo con delicadezas de ciego, con violencia de niño, con obstinación de pobre, pide un poco más, y la muerte dice que está bien”.

La dedicatoria de Eliseo a Cintio Vitier y su esposa, Fina, hermana de Bella, me recuerda el inicio de este recorrido literario: “qué pudo hacer que nos encontrásemos en medio de la ciudad enorme, sino aquella avidez con que buscábamos los mismos asombros”. Es la respuesta a mi pregunta: ¿qué pudo hacer que me encontrara con Josefina de Diego, en la mítica ciudad de La Habana, a la que acudí por primera vez, cuando ya no me quedaban casi referentes culturales? ¿O que me reencontrara con Eliseo Diego, con sus libros, en este mundo interminable de textos, en una ciudad en la que los turistas buscan fiestas interminables? ¿O que me encontrara con Eliseo Alberto, en el hallazgo de la novela de su padre? El asombro de La Habana fría de invierno, de la generosidad de Josefina de Diego, de las palabras ya olvidadas e inesperadamente redescubiertas.

 

Alberto, Eliseo, La novela de mi padre, Alfaguara, México, 2017.

Diego, Eliseo, Versiones, Ediciones Extramuros, La Habana, 2015.

De Diego, Josefina, El reino del abuelo, Colección Sur Editores, La Habana, 2016.

 

 


Reseña del libro Bazar ambos mundos de César Núñez (en Microtextualidades. Revista internacional de microrrelato y minificción, núm. 3, 2018)

¿Cómo formula su primer libro de ficciones un escritor que ha ejercido predominantemente la crítica literaria? Una crítica que se caracteriza por una profunda agudeza, rigor en la investigación, y expresión precisa. Por principio, se puede decir que este libro contiene esas mismas cualidades, en un ejercicio de creación que se entreteje con la reflexión crítica —por momentos, parece predominar sobre la ficción— y la palabra poética.
Así, este conjunto de ficciones tiene mucho de bazar y muchas manifestaciones de los dos mundos registrados en el título. César Núñez se ocupa de un puñado de temas: la palabra como fuente de
espiritualidad, la escritura y la palabra escuchada. El lenguaje es, pues, uno de los hilos conductores de estas minificciones. Se plantean posibilidades inquietantes como la de  que seamos seres hechos de palabras, “presos, allí. En esa hoja de papel procesado” (57); de que las condiciones de nuestra existencia, incluso metafísica, sea una construcción discursiva; de que la lengua sea una nación y la expresión, nada más que silogismos cuyo orden de elementos modifique la realidad del hablante:
§
Bienaventurados los que viven rodeados del silencio de una lengua extranjera, porque sólo a ellos el lenguaje les permanecerá intacto, intocado. Diciendo permanentemente lo que decía.

 

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