Postales (Mini-hiper-ficciones)


Cuento / Lunes, abril 16th, 2018

 

La manceba de Toledo

 

Mi señor don Illán, natural de estas tierras, mandóme llamar y díjome que tuviese perdices para que cenasen esa noche él y unos sus huéspedes, mas que no las pusiese a asar hasta que él me lo mandase. Y me despidió a la puerta de su pieza oculta. Pero la puerta no cerró del todo. Movida por la curiosidad, me atreví a asomar la vista al interior mientras mi señor preparaba sus extrañas pócimas. Me pareció que mientras convocaba al espíritu, alcanzó a notar mi presencia, por lo que salí corriendo y subí por todos los pasadizos.

Aún turbada, llegué a la cocina a ocuparme de mis deberes. Ahí el hijo de mi señor me sorprendió, dijo que esperaba un gran honor del distinguido visitante de su padre, y me prometió con abrazos y palabras que confundían, hacerme su mujer y darme vida de barragana de clérigo. Hube de obedecer a su voluntad. A los pocos días, su padre dio voces para que marcharan tras el deán que había heredado de un tío suyo un arzobispado. Y mi joven marido partió detrás de mi anciano señor. También yo fui tras ellos hasta Santiago como su mutua servidora.

Al año siguiente, me nació el primer hijo, mas sin los privilegios que me habían sido prometidos y en tierras extrañas. A mi marido se le negaron cargos de obispo y cardenal mientras su heredero crecía y carecía de todo y yo me sentía preñada de nuevo. Su padre y abuelo fueron llamados ante la presencia del Papa, el mismo hombre que había engendrado toda mi desgracia. Como me era obligado, fui tras ellos con mi hijo. A la distancia, vi a los soldados del Papa arremeter contra mi esposo. La espada que buscaba su pecho provocó tal pesadumbre en mi corazón, que el dolor doblaba mis rodillas y mi hijo rodó de mi seno.

En ese instante, fui llamada por don Illán para servir las perdices. Me encontré de nuevo en la cocina de Toledo y el hijo me soltaba, desasosegado por las voces de su padre.

Cuando llevé las perdices, mis ojos y mis mejillas ardían de lágrimas. Don Illán se encontraba solo, su huésped se había marchado. Sentado a la mesa, mi señor me acarició el rostro y me encomendó que nunca más, luego de ese día, me acercara a la bóveda donde practicaba su extraña arte.

El espejo

Se lleva bien con el espejo: no le miente. Lo compró recién salido de la fábrica y ha visto tan poco, que está seguro de que es la más hermosa.

Palimpsesto

El papel de aquel cuaderno era tan absorbente que en él desaparecían todas las palabras que componían su tratado sobre el alma. Al terminar su obra y volver a revisar sus folios, halló sólo blancura. Determinado a no dejarse llevar por el desaliento, comenzó un nuevo tratado sobre la felicidad de los hombres. Por segunda vez, dio por terminada su obra y descubrió ya no la blancura, sino líneas oscuras borroneadas. Decidió aprovechar la condición absurda de su cartapacio y escribir un tratado de magia negra. Anotó, uno tras otro, los peores embrujos que han practicado los hombres en combinación con los malos espíritus. Al terminar su obra, entregó su alma al creador. El volumen se extravió para siempre. Se dice que llega a aparecer ante ciertos lectores: a algunos se revelan los secretos del alma, a otros las claves de la felicidad y unos más descubren horrores innombrables. Falso. Las líneas de los tres textos surgen en enunciados que reúnen asuntos diversos sin el menor sentido. Registro el que me fue revelado: “Si eres joven, muerte de amor en la noche reflejada sobre una botella. Dichoso tú, temblor eterno”.

Del enigma de la esfinge

Como se sabe, varias podían ser las respuestas al enigma de la Esfinge de Tebas, a la luz de las nuevas teorías sobre la metáfora. Ya Thomas de Quincey propuso que “la respuesta completa y final al enigma de la Esfinge reside en la palabra EDIPO”. Los términos no difieren drásticamente de la respuesta registrada en la mitología: añaden poco a la diversidad de sentido aunque engrandecen la prosa del ensayista. Es probable, sin embargo, que la respuesta que tenía asolada a Tebas no fuera sino el OSO. La Esfinge debió sobrevolar los bosques de osos en unas tres ocasiones, que coincidieron con las horas del día que eran clave de su acertijo. Recordemos que su vuelo debió ser alto, demasiado alto y veloz dado su peso, apenas para distinguir masas como la de este mamífero. Pues bien, una mañana debió verlo sobre sus cuatro patas. En otra ocasión tuvo que descubrirlo de nueva cuenta en su actitud retadora, sobre dos patas, o dispuesto a rascarse contra un árbol para paliar el calor del mediodía. Y seguramente coincidió con el oso una noche durante su legendaria pesca de salmón: las tres patas firmemente apoyadas en una piedra y la cuarta ocupada en el río. La Esfinge sabía que nadie adivinaría el acertijo pues quienes conocieran la especie difícilmente habrían sobrevivido; sabía también que Edipo tenía un destino que cumplir y cuál era su papel en ese destino. Tuvo que reconocer, además, que la respuesta del joven no carecía de efectividad poética.

De mujeres

Voy a hablar de mi mejor amiga, bueno, de la que yo creí mi mejor amiga. Me invitaba a fumar y a tomar; también a otras cosas, porque se drogaba y siempre me contaba de lo bien que se sentía. Anduvo con mi novio nada más para demostrarme que no me convenía. Se robó mis tenis en Educación Física y cuando la descubrí me juró que lo hizo para salvarme del maestro que quería abusar de mí. Nos corrieron de la escuela porque ella falsificó invitaciones y diplomas para que nuestros papás nos dieran permiso de salir hasta una semana de casa para irnos a todos lados con hombres que ella conocía. Le dijo a mi esposo que el hijo que estaba yo esperando no era suyo —eso me dijeron pero no lo quise creer—, él me abandonó y tuve que abortar. Lo que sí me dolió fue que casi me matara alegando que según las malas lenguas yo había hablado mal de ella. Con la navaja en el cuello, tuve que reconocer que la amistad entre mujeres es algo muy difícil de conservar.