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(Presentación de El infierno de los amantes de Fernando Morales)

Amor, que de un corazón gentil presto se adueña,

prendó a aquél por el hermoso cuerpo

que quitado me fue, y de forma que aún me ofende.

Amor, que no perdona amar a amado alguno

me prendó del placer de este tan fuertemente

que, como ves, aún no me abandona.

(Francesca da Rimini, Canto V de la Comedia de Dante.)

Leo y releo El infierno de los amantes. Lo leí una primera vez pensando en qué podría decir para esta presentación. Imaginé construir un pequeño texto en el que reseñara algunos de los cuentos que en este libro aparecen, como si fuera un texto para revista, como si fuera la academia. Podría intentar hablar de la estructura del libro, de las minificciones-microficciones-microcuentosmicrorrelatos-aforismos (de esas taxonomías que muy bien conoce Azucena y que seguramente podría impartirnos una cátedra para delimitar las fronteras entre cada una de ellas); de la fusión de estas minimaginaciones y los cuentos de largo alcance; podría hablar de las voces narrativas, de las formas de narrador en primera persona que siempre obliga a sus lectores a identificarse con él. Podría explicar el artificio prodigioso que muy bien maneja Azucena al momento de delegar las voces y conformar cajas chinas en su cuento “Animales en la oscuridad” o la forma de construir diálogos álgidos, breves y contundentes en el cuento que da nombre a este libro; podría hablar de la manera en la que los pocos omniscientes que pueblan este volumen brincan magistralmente entre las mentes de sus personajes narrados. Pensé en escribir desde la teoría de la literatura porque esa es nuestra formación académica y a ello nos hemos dedicado Azucena y yo durante los últimos años. Pero no me salió.

Leí una segunda vez El infierno de los amantes. Volví a anotar cosas, subrayar pasajes. Esta vez pensé en escribir utilizando algunas líneas de las narraciones como un pretexto que me sirviera para demostrar el cuidado que Azucena le puso a cada uno de sus texthijos. Citar por ejemplo las “Distancias” de Azucena que dicen así: ¿Por qué, si eres tú el que no está, soy yo quien está como ausente? e intentar responder, desde la más nerudiana de nuestras lecturas: “porque estamos callados, porque cuando el amante se va, nos quedamos en silencio”. Así, de esta manera, intenté dialogar con algunas de las minificciones, con algunos de los momentos más álgidos de sus relatos. Intenté contestarle a Alicia que se pregunta: “¿Y si soñara contigo? ¿Y si en el sueño te soñara? ¿Y si al despertar estuvieras ahí? ¿Desaparecería yo al despertar tú?” Y yo encontré respuestas que no me satisfacen, porque Alicia me enseñó que cuando no hay una meta, no importa el camino que se tome; que los sueños no se controlan y que el tiempo es ciertamente monstruoso cuando gobierna la entrada al sueño y la salida a la vigilia. Intenté rastrear las referencias de muchos de los pasajes: mostrarles a nuestros escuchas que en el libro de Azucena coexiste la presencia de Francesca da Rimini y Paolo Malatesta, los infortunados amantes del infierno de Dante, y que el italiano

mantiene siempre unidos en medio del infortunado torbellino en el que vuelan las almas lujuriosas estrellándose contra las rocas. Y mientras en la Comedia de Dante, vemos que el castigo de estos amantes es menos tormentoso, porque están unidos para siempre, Azucena justamente vuelca esta fortuna en tortura, porque no son los golpes contra las rocas, ni los vientos furiosos los que atormentan a los amantes, sino el tiempo; porque no hay amor que resista el paso de los años; porque, dice Paolo Malatesta en “El infierno de los amantes” “la culpa de amar a quien traicionó a su marido acaba por cansar a cualquiera […] Éramos demasiado jóvenes para entender que el verdadero castigo de la pasión es sentirla apagarse”. Leo y releo El infierno de los amantes para localizar las referencias a la poesía byroniana, a Borges, a Lewis Carroll; para encontrar las mitologías de nuestros pueblos y las creencias populares entre los cuentos de Azucena: los nahuales, los aparecidos, la fantasmagoría, los amarres; para intentar rastrear alusiones a Arreola y a Gustavo Adolfo Bécquer; a los cuentos de hadas, a Aristóteles, a Grotowski… tampoco me salió.

Me quedé pensando entonces qué es lo que podía decir de un texto como éste, que ahora pueden tener en sus manos. Un libro lleno de experiencias amorosas tratadas desde la ficción, sobre las cuales todos los que estamos aquí presentes podríamos dialogar. Porque todos los que estamos aquí sentados hemos sentido el fuego del amor, y sobre todo, hemos vivido sus

quemaduras. Mientras leí cada uno de sus textos, recordé alguna vez en la que intenté confiar en un amarre amoroso; en haberme convertido en un muerto en vida, o incluso peor, de haber sido tratado como el fantasma enamorado al cual mi amante no le puso atención en la espera de que desapareciera. Porque mientras leo en un cuento de Azucena las historias de don Demetrio, un anciano trabajador de fábrica, me resuenan sus palabras lapidarias y contundentes: “-Hay hombres así, como los gatos. Otros son fieles como los perros. Es la naturaleza de cada uno. Aunque lo intentemos, unos no tenemos lealtad con los nuestros, no somos capaces de dar felicidad o tranquilidad. Andamos solos y nos morimos solos, porque no nos hallamos de otra manera”. Porque mientras leo esto, me reflejo del otro lado, (que narcisista de mi parte) del lado de los perros y me doy cuenta que mi propio infierno es adoptar felinos perdidos, de esos que sólo lloran cuando tienen hambre o cuando hay que abrirles la puerta para que salgan a retozar al patio. Porque darme cuenta de mi cercanía con los gatos, me llena de coraje y esa furia está presente también en otras líneas de Azucena: “Reencontrarte fue creer hallar tu rostro en un trozo de granizo y oprimirlo entre mis dedos y mis labios sintiendo cómo se desvanecía” porque asir al amante con las manos y besarlo con los labios es un acto de entrega, pero también de sofocamiento, porque hay días en los que deseo sofocar al amante para terminar con este infierno, y hay días en los que el infierno está dentro de mí, sofocándome.

Y entonces comprendí que este libro me habló de manera personal, y así como puedo conversar con él, entiendo que todos quienes lo lean podrán hacerlo también. Cada uno de nosotros tiene una historia de amor paradisiaca que se ha convertido en un averno. Un amor no correspondido, o peor aún, uno que se convirtió en lo cotidiano, lo aburrido, la costumbre. Azucena escribe estos textos y nos destruye la falsa imagen del amor perfecto, ese que confía y que logra sortear todos los obstáculos; ese que sale triunfante al final de las películas. En la narrativa de este Infierno hay celos, dudas, descréditos, desasosiego. Un libro que, por momentos, es necesario cerrar para digerir, para llorar, para lamentarnos de haber vivido alguna experiencia similar, para reflexionar sobre las historias cotidianas, aquellas que nos obligan a darnos cuenta de que las monedas siempre tienen dos caras; en resumen, para hacer catarsis.

He tenido la oportunidad de seguir la narrativa de Azucena desde que publicara La verdad sobre mis amigos imaginarios hace ya varios años. El infierno de los amantes es un libro mucho más íntimo, más personal. Es un volumen que se puede leer desde la academia, así como también desde la vida cotidiana. En este texto se mezclan perfectamente las referencias a nuestra literatura así como las imágenes que atestiguamos todos los días. Se puede leer desde la experiencia personal, también desde las visiones compartidas. Por este Infierno transitan los indigentes, los vecinos que viven calle abajo, los abuelos, los padres y las familias. Este es un libro en el que todos podemos encontrar una historia que nos afecte de manera personal, una minificción que nos cimbre o un aforismo que nos golpee con guante blanco.

Es un prejuicio constante creer que aquellos que se dedican a la crítica literaria y a la teoría de la literatura, son en realidad personas frustradas que nunca han logrado crear su propia literatura. Para mí es un placer compartir este espacio con mi amiga Adriana Azucena, al mismo tiempo que es un honor compartir esta mesa con mi colega, porque Adriana Azucena es la viva imagen de que este prejuicio es solamente eso, un decir. Con más de quince años de docencia en teoría, y también como ya más de una década desde que apareciera La verdad sobre mis amigos imaginarios, Azucena nos ha demostrado que, aún en la actualidad, creación y crítica literaria son labores hermanas y practicadas por una misma persona. En Azucena sigue presente la tradición creadora de ensayos críticos, de reflexión teórica y de creación literaria que vivió en Alfonso Reyes y en Octavio Paz. Todos los años aparecen nuevos artículos y propuestas de lectura de Azucena, los cuales nos muestran lo útil que es reflexionar sobre los métodos de la crítica literaria; por ello, me resulta doblemente prodigioso saber que Azucena es al mismo tiempo que crítica una gran escritora.

Ser testigo de cómo este nuevo libro que tenemos en las manos quienes estamos en esta mesa (y que esperamos que muchos de ustedes se lleven), contiene una serie de textos que transitan entre lo fantástico, lo maravilloso, lo cotidiano y lo aforístico, me permite admirar doblemente a Azucena, porque logra mezclar con su atinada pluma distintos géneros literarios para hablar de algunos de los múltiples infiernos amorosos que conozco, que he vivido. Espero que quienes lo lean sepan enfrentarse a estas verdades incómodas, y las logren encarar de forma estoica. En las trampas del amor caemos todos y no salimos indemnes, en el Infierno de los amantes cabemos todos, porque ya lo dijo Francesca da Rimini, a quien cite iniciando esta lectura: el amor no perdona amar, el amor es prenda del placer, porque el amor, aun cuando es infernal, no abandona.


Los amantes de Adriana Azucena

(Presentación de Judith Orozco Abad)

Es verdaderamente un gran gusto venir a compartir con ustedes mi lectura  del libro El infierno de los amantes, su título es un anzuelo para iniciarse en los deleites de la literatura. Para presentar este libro de “cuentos” no encontré otra forma que hacerlo en forma de una carta, así que comienzo esta lectura:

Queridos amantes de Azucena:

(Pero también señoras, señores, señoritas, niñoritas y niñoritos que nos acompañan):

Escribo esta carta (y la comparto) gustosamente porque desde que inicié la lectura de este libro de “cuentos”, advertí que en su hechura subyacía una gran experiencia en el asunto… de escribir. Después de leer las historias de ustedes, los personajes de El infierno de los amantes me quedó la única certeza que se tiene sobre quienes aman en la posmodernidad: la incertidumbre y la ironía del amor.

Ustedes, queridos míos, permítanme que los llame así, de repente se desdoblan y encuentran en los borradores de cuentos de los aprendices de una tallerista que tienen una consistencia mayor cuando son tinta y papel  que en el diván de la psicoanalista casi chamana. Otras veces, a pesar de aparentar ser una misma mujer, demuestran que es posible seducir a cuatro hermanos de modos diferentes, a pesar de no poseer gran belleza ni personalidad. En otras páginas permanecen en orillas distintas de la línea del tiempo pero con mayores afinidades y un amor más encendido que cuando coinciden en el mismo  punto cronológico.

Si bien es cierto que la literatura nos ofrece una ventana interior, quien los dibuja a todos ustedes, desnuda a nosotros los lectores dilemas propios del oficio de una creadora con una sinceridad absoluta. No pensé tener tal acceso a una zona íntima de una colega quien, al mismo tiempo de escribir narrativa y microficción, analiza desde diversas posturas teóricas la literatura, pero sobre todo que tiene un gran gusto por la Teoría literaria.

Algunos de ustedes no tienen ni siquiera nombre, pero la huella que dejan en nosotros como lectores perdura, debido a la meticulosidad y economía utilizada por su creadora; dicho rigor es semejante a cuando una escribía telegramas, o tuits, para actualizar y no parecer de tiempos rancios. En ese punto era necesario seleccionar con precisión la palabra que fuera el dardo recién afilado que provocara la huida o la muerte súbita, pero también mediante un ¿sinónimo?, se podía acariciar, amar o aún ignorar suavemente.

Sé que la confección de todos ustedes, los desconcierta a sí mismos y tratan de ser “normales”. Ustedes a pesar de saberse en una cisterna, en un café o en un cuarto de azotea, no saben en qué habitación se hallan: a veces tienen la certeza de que habitan en el cuento, otras en la minificción o en el microrrelato, pero también, incluso en ciertos momentos de modo mágico, se hallan simultáneamente en la narrativa y la poesía. Su desasosiego crece cuando incluso se ven conviviendo con el ensayo, la crítica literaria o el discurso periodístico, vaya que su amada sabe jugar con ustedes.

De repente al leerlos una encuentra alguna amplia digresión, por ejemplo, y empieza a preguntarse si se tratará de una debilidad del relato, pero inmediatamente se identifica que el aparente exceso está más que planeado, dirigido para propiciar nuestro goce o desconcierto de modo certero.

A veces son “escritos” por una oscilación en tercera persona que de manera juguetona nos brinda la certeza de que su gran amor no sigue las coordenadas del tiempo ni del espacio, como en el caso de “Fantasmas” o “Ventanas”. Otras veces, a pesar de tener el privilegio de ser narradores en primera persona, son burlados por una metatextualidad que los teletransporta a La divina comedia o a cualquier otro relato construido, a manera de espejo.

En “Ciudad de orquídeas” podemos contemplarlos, por ejemplo, dialogando con una dimensión quijotesca que entabla diálogos con lecturas preferidas de casi cualquier lector experto, no obstante la traición –elemento indispensable- del infierno de los amantes viene a transformarlos con alquimia para mostrar cómo fueron fruto del amor de Adriana. Así ustedes personajes juguetean ahí no sólo con la intertextualidad, sino también con otro género literario: el ensayo. Pero esto no los convierte en monstruos de la sinrazón, al contrario, los hace tener una consistencia que al perturbarnos, nos demuestran que su amada sabe el cómo hacerlo, es decir, cómo producir placer.

En el colmo de su sufrimiento amoroso, ustedes se pierden entre las líneas y no saben a ciencia cierta si son creaciones de Adriana, de los narradores que discursivamente les dan existencia, no saben si están en la ficción o en la metaficción. Hay una puesta en abismo que nos obliga como lectores a identificar las costuras del relato para fijar puntos que den sentido a la creación de otro personaje, semejante a ustedes pero que se desdobla para propiciar asombro.

Como toda colección de amantes, aunque diversos, tienen afinidades que son aquellas que quien ama prefiere, incluso pueden conformarse como una familia, tener una historia secreta de terror fantasmal como don Demetrio en “Animales en la oscuridad” o alguna amante puede compartir su amor entre cuatro hermanos, como es el caso de “Jazmines en el pecho”.

El parentesco que los une no sólo proviene de haber sido creados por la misma pluma ¿teclado, más bien?, sino por existir en el filo de la navaja, en la hibridez del género, en la exigencia de quererlos explicar como criaturas víctimas de la sociedad cuya estabilidad es lo menos común en todos los planos, incluso los narrativos.

Esos recovecos del amor también se manifiestan en una promiscuidad al haber salido no sólo de otras obras literarias como La divina comedia o El perfume, sino también de filmes cuyo título comparten como es el caso de “Sexto sentido” y “Los otros” e inclusive en temas frecuentados por la prensa deportiva, como lo es “La soledad del guardameta”.

Advierto que pueden llegar a lamentarse de su fugacidad, ser amantes de papel conlleva sus riesgos, a veces son amantes ausentes con presencia efímera, pero que al igual que Paolo y Francesca perviven más que aquellos que habitan fuera de la ficción. Piensen que el matrimonio eterno que los une, indisoluble, es el cierre y el inicio del relato que sí les brindan una unión eterna, si no  con su amada, sí con las tramas. Es en la forma donde hay una unidad de su amor, aun cuando se podría achacar que no es un amor real ni un amor concertado en la trama del relato, sino en la construcción atenta y cuidadosa que les brindó su autora, perdón, quise decir su amante.

 Aunque ustedes no se conocen entre sí y pareciera que cada relato es autónomo, viven en una intratextualidad que se da entre el tema y la obsesión por narrar de maneras distintas de su creadora. Este homenaje al amor, o mejor dicho, al no amor donde siempre viven los amantes, propicia una ambigüedad, pues es bien cierto que todo amor,  e incluso los pequeños amores, poseen un “espacio de indeterminación”,  cada amante ofrece ambigüedades que desasosiegan el alma de la pareja, por ello, ustedes no escatiman las ocasiones de provocar esas dudas y sorpresas a nosotros sus fieles lectores.

Ustedes, tengo que decirlo ya sin rubor, son los amantes de Adriana y son fruto de su gran pasión, la pasión por narrar. Intuyo que a pesar de que declararon  “Éramos demasiado jóvenes para entender que el verdadero castigo de la pasión es sentirla apagarse” (39), esa pasión que los engendró seguirá multiplicándolos a través de líneas y páginas precisas, adoptando nuevas facetas que nos deslumbrarán para poder mirar hacia otras conciencias perturbadas y perturbadoras de la vida de los otros.


 

El segundo círculo

(Presentación de Sergio Iván Garzón Clemente)

Definir amar en tan ocioso como preguntar si poseen ombligo los ángeles. Sin embargo, cuando a este verbo lo trasmutamos en el sustantivo amante algo ocurre. A mí la palabra “amante” me gusta, se me hace poderosa. Ser amante es existir en el acto del amor, es entraña, es la fuerza vital que se ejerce sobre el otro. Pero también, lamentablemente, a la palabra amante, antes de darle ese sentido luminosos, las malas lenguas la mandan al canto quinto de la Comedia y a la quinta acepción del diccionario: “Persona que mantiene una relación amorosa fuera del matrimonio”. De este modo, podríamos imaginar a los dos tipos de amante: uno, digamos, el legítimo, que ama dentro de las normas de la buena sociedad; y otro, el ilegítimo, que ama a hurtadillas, como un ludópata  que no puede dejar de apostar hasta perderlo todo… o casi todo. Como quiera que sea, hacer esta distinción tampoco sirve de nada porque ningún amante se salva de vivir su propio infierno.

En El infierno de los amantes, volumen de cuentos escritos por Azucena Rodríguez que ahora nos convoca, el amor no palpita en el corazón sino en el cerebro. Más que un amor ejercido, es un amor recordado, anhelado, extrañado. Es un amor como un gato al que se acaricia a sabiendas de que en cualquier momento da el zarpazo, sin más ni más, sólo por divertirse o fastidiarse. O ni siquiera eso sino, más bien, el recuerdo de aquel zarpazo. No veremos a los personajes cortándose las venas ni llorando por los rincones. Leeremos sus pensamientos, a veces en reproches de dos líneas, a veces en diálogos delirantes, a veces en ese terrible encuentro con el rey rojo de Lewis Carrol…


La sal de los días

Carmen Araceli Eudave

(presentación en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, plantel Cuautepec, en noviembre de 2018)

Entre santos, diseñadores, sortilegios, escritores, brujas, actrices, fiestas cívicas y religiosas, vampiros, cineastas, pintores, fantasmas, divas, zombies, etc., se deslizan las hojas de este almanaque anual perpetuo, La sal de los días, que tiene por objeto brindar al desprevenido lector un intenso panorama de reflexiones y un fantástico menú gourmet de minificciones que le ayudarán a sobrellevar el peso y la calma de cada día. Por ello, Adriana Azucena nos sorprende con la declaración del santo patrón (más bien del dictador) de los escritores de minificción: Julio César, cuyo célebre asesinato se conmemora cada 15 de marzo (Idus de marzo):

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Postales (mini-hiper-ficciones)

Presentación de Raúl Aguilera Campillo

Facultad de Filosofía y Letras (agosto de 2013)

Es difícil presentar un libro asaz breve que se defiende tan bien solo, como lo verán cuando la autora lea algunos pasajes. Considero las siguientes opciones:
a) Alabanzas ingeniosas pero vacías, algo para lo que somos buenos en las humanidades.
b) Analizar, en tanto lo permita la brevedad, detalles retóricos y poéticos de Postales. Mas ello sería romper la regla de “entre gitanos no se leen las manos”.
c) Como si estuviéramos en un café, platicar sobre lo que me gusta del libro, y por lo tanto de lo que podría gustarles a ustedes.

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